Las peras y los olmos
Ni Justin Bieber, One Direction o Miley Cyrus tienen en sus manos o voces el futuro de la música pop de este tiempo. Conocerlos, entenderlos, saber sus motivaciones es fundamental para comprender el papel que desempeñan en la escena actual. Son productos diseñados a la medida, con unos tiempos claros de vigencia y unos targets bien claros. Juzgarlos pues con severidad, o compararlos con artistas en el estricto sentido de la palabra, es pues un ejercicio inútil, absurdo.
En esos mismos términos, pretender que la tal “cultura dj” sea la portadora de la verdad sonora del presente-futuro, resulta un exabrupto tan monumental como esperar que Bieber sea el futuro Bono. Sin muchos rodeos digamos que un dj es un sujeto (¿sujeta?) que pone discos, que mezcla discos y músicas de otros. Sin muchos rodeos digamos que tal actividad demanda cierto talento para escoger las canciones adecuadas, para “leer” lo que está pasando en las pistas de baile, y al mismo tiempo, crear una atmósfera perfecta donde todos los asistentes pasen bien bueno. Sin mucho rodeos, digamos que un buen dj es un explorador y conocedor de diferentes tendencias, un tipo abierto y sin temores de experimentar, de crear sensaciones instantáneas y sin mayor permanencia en el tiempo.
Ese status de super estrellas que han venido tomando últimamente algunos dj’s autodeclarados “el mejor del mundo” -todo gracias a las multitudes que van a verlos “tocar”, como graciosamente expresan algunos; o a las estrafalarias cifras que cobran y les pagan-, solo hace parte del empobrecimiento y escasa cultura sonora de generaciones recientes que demandan productos sonoros que le exijan poco al hemisferio cerebral correspondiente. Sin sutilezas o expresiones políticamente correctas, es bueno dejar claro que el éxito y prestigio actual del dj no le debe alcanzar para ser considerado músico o artista, como obstinadamente se pretende desde diferentes tribunas. Un dj es un entretenedor, una parte fundamental de la fiesta, pero nunca impulsor o artífice de un ejercicio intelectual de auténtica creación o ingenio.
Tocar instrumentos reales, componer, armar una canción, articular palabras con sentido, son asuntos bien diferentes a oprimir botones, a manipular acetatos para adelante y hacia atrás o a alterar tempos.