Histórico

Liberaciones y actitudes

19 de febrero de 2009

Las liberaciones de secuestrados por las Farc han servido para muchas apreciaciones. En primer término, para medir los extremos de crueldad inhumana de los integrantes del movimiento "revolucionario" y sus depravadas conductas con los cautivos. Como también para apreciar la talla humana de hombres y mujeres devueltos a la libertad. Las mujeres todas, con obvias diferencias de matices, han observado una actitud digna, serena, comprensiva de su amarga situación durante los largos y humillantes cautiverios sufridos. Los hombres podrían agruparse en dos categorías que resulta interesante analizar.

La mayoría, similar a las conductas femeninas, estalla en jubilosas manifestaciones, humanas en cuanto se refiere a la recuperación de ese tesoro inconmensurable de la libertad, que mejor se aprecia cuando se ha perdido. Luego, ante los micrófonos, ruedas de prensa, ocasionales declaraciones, condena a sus captores, describe el horror del cautiverio, del tratamiento despótico y brutal al que fueron sometidos, agradece a sus libertadores, omite cualquier referencia crítica al Gobierno y no oculta su admiración a la Política de Seguridad Democrática del Gobierno, fortalecida por la operación Jaque y sus espléndidos resultados. En este último aspecto, se advierten matices diferentes que oscilan entre el silencio, la frialdad y el apoyo resuelto y franco. Algunos señalan indiferencia del Gobierno.

En los militares y policías, las actuaciones de los liberados se ciñen a un denominador común de la lealtad inalterable a sus fuerzas, valor y dignidad observadas desde antes de recobrar la libertad, altivez ante sus captores en muchos casos desafiantes, firmes, inclusive frente a la amenaza. Tales condiciones perviven y se vigorizan ya en libertad. Producen orgullo, en particular para quienes, habiendo portado el uniforme, quisimos impregnar en las almas de nuestros subalternos los dictados del honor que es base de la ética profesional del hombre de armas.

Los dos casos recientes ejemplarizan un contraste dramático. Habiendo ocupado ambos posiciones de Estado, uno, no se sabe si poseído del síndrome de Estocolmo o radical extremo en su ideología de extrema izquierda, defiende a sus carceleros hasta ponerlos por encima del Ejército, cuando ante la presencia de aeronaves cercanas los ponen a salvo, invirtiendo el orden funcional de éstos y aquel. El otro, resuelto en su condena al carcelero desalmado y elogioso de una política de seguridad que está devolviendo a Colombia su propio ser. Aquel se ciñe al libreto que le imponen sus carceleros. Este, lo denuncia desafiando la amenaza.