Histórico

LO PROPIO FRENTE AL TARJETÓN

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09 de junio de 2014

A pocos días de que se sepa quién será el nuevo presidente de Colombia, debo confesar que ha sido un tema desgastante y agotador por no decir angustiante. Y no es un asunto de existencialismo ni crisis de edad, es una realidad, la misma que probablemente afecta a muchos colombianos.

La democracia debe ser un ejercicio fácil para las personas. Los ciudadanos del común deberían tener la posibilidad de elegir sin tantos tejemanejes. Eso es lo mínimo que se les podría brindar a las personas y los políticos, que tienen una responsabilidad que pesa como piano en la espalda, deberían entenderlo. Sencillamente, deberían limitarse a proponer, a pensar correctamente y a convencer al pueblo con ideas claras. Ese sería su mayor acierto, pero las luces se les van a cada momento.

Esta campaña ha tenido muy poco de “coquito” para los electores. Nanai cucas de eso, nada de eso ha pasado y todo ha sido sórdido y enredado. Lo digo como un ciudadano desprevenido: Este proceso electoral ha sido de lo peor que he vivido. Desconcertante. La polarización ha sido tal que no se sabe qué pensar. Todo lo que se ha dicho pasa por el maniqueísmo. Se han creado versiones simplistas y reduccionistas de la realidad del país. Por ejemplo, es completamente sonsacador que el argumento central de uno de los candidatos sea la dicotomía entre paz y guerra. Eso es miedosamente maquiavélico. ¿Cuándo caímos en ese juego de que en Colombia si no es A es B? Es que con la paz solo hay A, porque no existe paz tipo B. ¡Todo el que esté en la legalidad debe querer la paz! Eso es una de las máximas de paz para dummies. Si el otro candidato gana no creo que sea tan bobo como para tirar al traste que por lo menos ya tenemos sentados en la mesa a los guerrilleros, así sea con el cinismo a flor de piel.

Muchos tienen hastío y náuseas por la política a raíz de todo lo que ha pasado en la campaña. Hastío porque les pusieron muy difícil la tarea a los ciudadanos de elegir, hasta el punto de que muchos tienen en su mente desistir y huirle al tarjetón. Pero a las urnas hay que ir. El voto es quizá el mayor derecho que trae consigo la democracia y dejarlo perder es dar papaya para que otros se deleiten bajo el argumento de que seguimos en la “patria boba”, esa que durante 60 años se ha construido en el conflicto, como dice uno de los candidatos o como dice el otro, en medio del terrorismo.

Muchos creen que salir a votar es hacerlo por el “menos malo”. No se equivocan, es así. Siempre hay uno menos malo que el otro, porque si algo es imperfecto es la política. El perfeccionismo en la política es fanatismo. Las encuestas dicen que las posibilidades están “fifty-fifty”, pero uno de los dos deberá ganar y el que lo haga está obligado a calmar a los adiestrados en el discurso del odio, porque con la polarización causada por la campaña, todo lo que se avecine será inviable. Se los pongo en otras palabras: Si eso no se hace, el país será ingobernable.

No soy nadie para decirles que voten por el uno o por el otro. No le juego al esnobismo de decir que voto por el uno porque el otro es traicionero o que lo hago por el otro para evitar que el poncho y el sombrero lleguen al poder. No me interesa decirles por quién voy a votar, porque, yo, un ciudadano del común, con el poder de mi cédula haré lo propio frente al tarjetón y no dejaré que mi derecho sea pisoteado ni manipulado.