Los IX Juegos Suramericanos
Desde la antigüedad griega, cuando cada cuatro años tenían lugar competencias atléticas en Olimpia, Corinto y Nemea, el deporte es concebido como una excelente disciplina física y mental que incita a la superación personal, promueve lazos de amistad, estimula la convivencia entre los pueblos y hace posible el ejercicio por los espectadores del derecho a la alegría.
En Colombia, desde el año 2000, en su Constitución Política está inserto el siguiente precepto: "El deporte y la recreación, forman parte de la educación y constituyen gasto público social". Es la superación de la tesis que consideraba al deporte -y más aún a la recreación- como un simple complemento ocasional del proceso de formación del ser humano, al tiempo que se procede a su incorporación al gasto público social, principio financiero que otorga prioridad a los programas de salud, educación, saneamiento básico y agua potable.
Medellín acaba de realizar los IX Juegos Suramericanos con la participación atletas de quince países que compitieron en 31 disciplinas. Para Colombia el resultado es sumamente halagador: la organización fue reconocida como la mejor de las nueve ediciones cumplidas y, por primera vez en certamen de ciclo olímpico, obtuvo el primer lugar al acumular 144 medallas de oro, por delante de Brasil con 133, Venezuela con 89 y Argentina con 53, sus inmediatos seguidores y otrora verdugos. Un gigantesco esfuerzo económico y técnico permitió la construcción o remodelación de espléndidos escenarios deportivos en Medellín, sede principal, y en las ocho sedes alternas; la Villa Suramericana, serie de edificios en donde se alojaron los deportistas y que serán convertidos en vivienda de interés social, tuvo conexión inmediata con el moderno sistema de transporte de pasajeros formado por el Metro y Metrocable; las ceremonias de inauguración y de clausura estuvieron majestuosas, si bien faltó a la primera el toque pedagógico: la explicación previa de cada representación artística; las competencias, siempre emotivas, fueron juzgadas por árbitros capacitados e imparciales; el personal de salud actuó con idoneidad y prontitud; la policía y los guías cumplieron su cometido con espíritu cívico, y hubo afluencia masiva de espectadores.
Conviene recordar un formidable antecedente: los XIII Juegos Centroamericanos y del Caribe, Medellín 78. Entre las lecciones que dejó este certamen, destacan la organización con criterio descentralizador y el ingreso gratuito y libre a los escenarios donde se efectuaron las competencias, programas que condujeron a la concurrencia de un público numeroso, entusiasta y satisfecho.
Ahora, aunque se amplió la política descentralizadora y se mantuvo la gratuidad, una posición fundamentalista implementó la necesidad de adquirir boleta, con la advertencia al público de hacerse presente en las taquillas con dos horas de anticipación a la iniciación de cada evento, lo cual formó largas y tediosas filas. Una vez adquirida, era menester hacer una nueva fila para el ingreso. En ambos casos, el tratamiento fue inflexible, pues no se tuvo la elemental precaución -aceptada en el mundo civilizado- de dar prelación a los ancianos, los niños, las mujeres en estado de embarazo y a las personas con capacidad reducida. Incluso turistas se vieron afectados. La exigencia devino en talanquera inútil; cualquier pretendido control hubiera podido obtenerse por otros medios, lógicos y sencillos.
Con la excepción anotada, Medellín, Antioquia y Colombia cumplieron a cabalidad su compromiso deportivo suramericano. Creemos que ha surgido un nuevo ideal: el de convertir al país en potencia deportiva.