Los pájaros de Botero ya están lejos del nido
Como las aves son tan madrugadoras, los seis operarios de la firma constructora encargados de mover los pájaros de Fernando Botero, esas dos esculturas instaladas en el Parque San Antonio, no perturbaron su sueño de metal.
Los hombres llegaron desde las cinco de la mañana con la grúa telescópica, una P&H con capacidad para 20 toneladas y alcance de 19 metros en un camión camabaja, aunque hubieran querido llevar de una vez una del doble de capacidad, pero los árboles situados en el borde del parque hubieran impedido su acceso. La dejaron más bien esperando en Plaza Mayor, donde se posarán las aves hasta los primeros días de abril.
"Éste es un trabajo sencillo: desalojar las piezas de su pedestal, subirlas al camión, transportarlas a Plaza Mayor. Incluso mover el pájaro despedazado. Lo difícil es la presión. Tantos periodistas pendientes, el Alcalde...", comentó Carlos Arturo Cardona, el operario que manejó la grúa en San Antonio.
Desde las seis de la mañana, el Parque fue centro de atracción para algunas personas; no muchas. Las más de ellas, transeúntes habituales del sector en las primeras horas del día, en su paso hacia el trabajo o el estudio.
Juan Pablo David, por ejemplo, es un obrero de construcción que vive en el norte y debe llegar a una obra del sur antes de las siete. Portaba un morral a la espalda. Contuvo su afán para observar un momento ese espectaculo extraño.
Paula Andrea Pulido Falcón es una buena hermana. Lleva todos los viernes a su hermanito, Carlos Alberto, de 10 años, desde su casa en Villa Hermosa hasta una escuela de fútbol del occidente.
"No sabía que iban a llevarse los pájaros. El que sufrió la explosión no me parece bonito, pero me gusta que lo hubieran conservado ahí para que la gente no olvide que ha faltado mucha cultura". Es estudiante de Administración de Empresas en la Universidad Cooperativa.
Los viernes, tiene clases a las 10, de modo que se podía dar el lujo de quedarse un rato más, observando cómo alzaban por los aires primero el ave incólume, luego el herido, con esa grúa de alta palanca; los esfuerzos de los operarios; las instrucciones de un experto de camisa azul y gafas de marco negro que permanecía montado en la carrocería del camión, un Chevrolet V-8.
Éste, el experto, era Armando Arango, técnico y propietario de Fundería Artística, una empresa que funde obras de arte en Guayabal. Orientaba al hombre de la grúa: "¡Dele vuelta, dele vuelta!... ¡Despacio!"
"Ellos tienen la tecnología -contaría después, refiriéndose a los operarios-. Pero son nuevos en la manipulación de obras de arte".
Explicó que como el bronce es metal noble y delicado, puede abollarse, aplastarse fácilmente, y como las piezas tienen partes soldadas, una mala presión puede desempatarlas. De ahí que su asistencia valiera la pena.
Rodrigo Nieto y Gladys Pérez -un matrimonio residente en Buenos Aires- sí bajaron expresamente a ver el traslado. Se habían enterado el jueves, por un medio escrito, que habría mudanza y decidieron que no podrían perdérsela. Sabían que en su sitio pondrían una urna y que los familiares de las víctimas del conflicto harían rituales, pero no que las dos esculturas volverían al Parque después de exhibirse ante los visitantes de la cumbre del BID.
"Nos gustan por lo que representan -habló él-. El pájaro roto, sobre todo, por lo muertos que recuerda".
A las ocho, los dos pájaros estaban posados en la carrocería del camión. Minutos después comenzó su traslado, lento, lento como una procesión, sólo que silenciosa, sin tambores, sin orquesta, como un cortejo solemne, por la Calle San Juan, hasta los nuevos nidos, en Plaza Mayor.