Histórico

Manöel, historia de vida que viajó desde Bélgica

Jacques y Micheline, de Bélgica, cuentan cómo su hijo adoptivo colombiano transformó sus vidas.

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21 de enero de 2014

Cuando Manoël salió de Colombia tenía 2 años y era 1985.

Sus nuevos papás, Jacques y Micheline Philippe, ciudadanos belgas, fueron quienes, llamados por Dios y una experiencia familiar que los marcó en su vida, llegaron a Medellín para adoptar a un niño con problemas de discapacidad mental y física.

Manoël fue entonces el primero de cinco chicos adoptados por esta pareja, Anouchka, Déborah, Pascaline y Yannick, todos con la particularidad de tener condiciones especiales físicas o mentales, y de diferentes partes del mundo.

Una familia que sumaría en total 17 miembros sin contar a los padres, aunque tres de sus hijos ya están en el cielo.

"A Manöel le pusimos ese nombre porque significa "un Dios con nosotros". Él fue la manifestación de que Dios está en nuestras vidas", explicó su madre. Viven en Bruselas, Bélgica, y están en Medellín para que él conozca la tierra donde nació.

La llegada de este hijo a la familia, asegura la pareja belga, fue el inicio de su proyecto al que llamaron Soplo de vida, y con el que apoyan a madres y familias que tienen pequeños con discapacidades para que los amen, los apoyen y si no desean tenerlos, para que los entreguen en adopción. Un proyecto que puede salvar 200 vidas al año, dicen.

Una historia de vida
Manöel Philippe, ahora con 30 años, regresó a su país de origen por primera vez para conocer sus raíces y la ciudad que lo vio nacer.

Además, aprovechó para visitar la Casita de Nicolás, la fundación que lo cuidó hasta su partida y a la que le entregó un regalo: una de sus últimas pinturas, realizada en su colegio.

Además, aprovechó para probar la comida de su tierra y con la cual en parte se ha identificado.

Cuentan sus papás que cuando llegaron a Medellín, hace casi tres décadas, el pequeño no hablaba y solo alcanzaba a susurrar "se acabó".

Sin embargo, a los pocos días, Manöel dejó el tetero porque quería comer como sus nuevos papás y hasta cantaba. Una transformación que les mostró a Micheline y Jacques la conexión que hubo desde el principio.

"A nuestros hijos adoptivos, al cumplir sus 25 años, les dimos un regalo: un viaje a sus países de origen. Anouchka fue a Brasil, Déborah estuvo en Francia, Pascaline, quien es de Haití, no quiso regresar, aunque con ella de todas formas viajamos y estuvimos en República Dominicana", explicó Micheline.

Su otro hijo adoptivo: Yannick, quien nació en la República Democrática del Congo no tuvo esa oportunidad, ya que murió a los nueve años. Cuando lo adoptaron, a los tres años de edad, él ya era portador del virus del Sida.

Familia unida
Jacques precisó que en ningún momento hubo problemas entre "mis hijos adoptivos y los hechos en casa", como dice entre risas.

Al contrario, fueron los segundos quienes con su amor y afecto les mostraron que ellos no llegaban a ocupar un espacio vacío de la casa sino que desde siempre hicieron parte de ella.

"El camino de la adopción y del proceso de Manöel y nuestros otros hijos no fue fácil y lo llevó no solo una recuperación física sino también una recuperación sicológica, donde en ocasiones manifestó de forma inconsciente los abandonos que tuvo que vivir. Estando en la escuela muchas veces nos preguntó que si él era un diablillo que hacía pilatunas lo íbamos a abandonar. La mejor terapia para que saliera de esa situación fueron nuestros hijos que lo ayudaron y lo motivaron a salir adelante", agregó Jacques.

Al llegar a su nueva casa, el pequeño fue de inmediato apoyado por un fisioterapeuta quien lo ayudó con sus piernas y tuvo operaciones en uno de sus ojos y en las rodillas para iniciar el proceso para caminar. Acciones que Manöel agradece infinitamente a sus papás adoptivos.

La conversión de fe, sus grandes corazones y todo un proyecto familiar que se basa en una vida simple y en el amor, les ha dado fuerzas para seguir con Soplo de vida, fundación a la que desean crearle una semillita en Colombia y contarles a todos cómo Manöel, Déborah, Pascaline, Anouchka, Yannick y sus hijos hechos en casa inspiraron un proyecto que salva vidas.