Histórico

María Victoria Gómez Martínez

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29 de abril de 2009

La sonrisa de Totoya, como cariñosamente la llamaban en casa, nunca se borrará del recuerdo de quienes tuvimos la fortuna de conocerla.

María Victoria Gómez de Ortiz fue una madre no solo para sus hijos: María Teresa (ya fallecida) y madre de Alberto Guzmán Ortiz; así como para Andrés, casado con María Gabriela Polanía y sus hijos Laura, Miguel, Sofía, María; y Martha, sino también para sus hermanos, cuñados, amigos y compañeros de trabajo.

En compañía de sus padres, Fernando Gómez Martínez y Bertha  Martínez de Gómez, y de sus siete hermanos, María Victoria aprendió el  amor y la bondad.

Incondicional como ninguna, Totoya sabía dar siempre el consejo oportuno en el momento preciso.

Su serenidad fue ejemplo a lo largo de su vida y gracias a ella fue el pilar de su familia en los momentos más difíciles. Su sonrisa nunca se borró, ni siquiera en estos últimos meses, desde diciembre, cuando comenzó a padecer una penosa enfermedad que soportó con dignidad y sin una sola queja, y que culminó ayer con su eterno descanso.

De Alfonso Ortiz Del Corral, su esposo, fue siempre la fiel compañera y el apoyo en todo momento. Su complemento de vida, a quien amó y con quien dio ejemplo de un hogar cristiano.

Carmenza Isaza de Gómez recuerda que, más que una relación de cuñadas, fueron amigas y por encima de esta amistad, hubo una profunda admiración “por quien yo defino como una Maestra de Vida. Eso fue siempre Totoya para todos nosotros”.

Nunca se le vio triste. Al contrario, con su espléndida sonrisa llenaba los espacios a donde llegaba y les hacía olvidar a todos cualquier tristeza o problema, por fuertes que fueran.

Con sus sabios consejos y su cultivada formación condujo por más de 30 años la Casa de EL COLOMBIANO en Bogotá, donde acogió a empleados, clientes y visitantes como miembros de esta gran familia. Representó al periódico en diversas entidades como Andiarios y el Premio Nacional de Paz. Además, era miembro de la Junta Directiva del diario económico La República.

Su sentido del humor, al igual que el de su madre doña  Bertha, causaba sensación en las reuniones familiares y en los encuentros con sus amigas, que fueron muchas y muy cercanas, como Lillian de Ossman, Denisse de Palacio y Leonor Pradilla de Calle, por citar solo tres.

Ejemplo de fortaleza, María Victoria  siempre aconsejaba que por fuertes que fueran los problemas, había que “ponerse la careta” para darles ánimos y ejemplo a quienes nos rodean, en momentos tan difíciles como la pérdida de un ser querido o una enfermedad.

Si bien la ausencia física duele, su descanso lo reciben reconfortados sus hermanos Esther, Juan, Pilar, Cecilia y Ana Mercedes, así como su esposo, hijos y sobrinos, quienes saben que desde ahora cuentan con otro ángel más en el cielo, a donde llegó siguiendo los pasos de Adriana Ferrer de Gómez, la sobrina entrañable que, exactamente 24 horas antes, partió a organizar todo para esperarla.

Igual sentimiento compartimos los de la interminable lista de “hijos adoptivos” que encontramos en María Victoria a una madre generosa y siempre presta, que supo tendernos su mano y brindarnos su afecto cuando lo necesitábamos, cuando llegábamos desorientados a la fría capital donde nos recibía con su caluroso afecto y un excelente café.

A la Maestra de Vida le decimos adiós y le agradecemos de todo corazón su ejemplo, el mayor legado que nos deja.