“MEDELLÍN, CIUDAD HABITADA POR LA VIDA”
Los antioqueños, sobre todo quienes habitamos afuera y soportamos el desorden, la corrupción, la improvisación y la mugre de otras ciudades, nos sentimos orgullosos de nuestra capital a la que llamamos la “tacita de plata”; ello es apenas comprensible: se trata de una urbe bien gobernada que, de la mano de planes serios de desarrollo, irrumpe con grandeza a comienzos del nuevo milenio y se inserta en un mundo cada vez más globalizado. Basta ver los logros de los últimos veinticinco años en materia de transporte, educación, salud, infraestructura vial, vivienda, etc., para corroborarlo.
Por eso, no es extraño que el actual Alcalde, al dar a conocer su Informe de gestión de los dos primeros años -publicado como anexo de este Periódico- muestre sus logros y haga importantes propuestas; el parque lineal del río y el cinturón verde, son dos de los megaproyectos bandera llamados a demandar una inmensa inversión económica que, de seguro, pueden transformar la ciudad pero la dejarán endeudada durante años. Se habla de la ciudad “Innovación” que, cada día, se internacionaliza más y con las alianzas entre los sectores público y privado, jalona un nuevo modelo de desarrollo económico y social.
Pero las cosas no son tan color de rosa. En Medellín coexisten por lo menos dos ciudades muy demarcadas: una, la de barrios como El Poblado y sectores aledaños, que presenta un grado de desarrollo y de crecimiento inauditos, el confort y la pujanza hablan por sí solos; y, otra, sin olvidar muchos barrios de clase media, la de las comunas populares, donde -pese a la inversión económica y social- se observan atraso, subdesarrollo, pobreza extrema y ausencia de Estado. Los abismos de clase son evidentes y protuberantes; no se necesita ser un gran sociólogo para advertirlo.
Por eso, mientras se jalonan nuevos proyectos y la urbe sigue su raudo avance, se aprecian fenómenos preocupantes: en el plano de la construcción -¡gravísimos y repetidos hechos hablan por sí solos!- se crece con desorden y sin apego a la ley. Así mismo, gracias a la “recuperación” de zonas como “El Naranjal” y “Barrio Triste”, miles de personas de condición muy humilde -acompañados de desplazados de todo el país- han sido desalojadas y, ahora, viven peor que los roedores a orillas del río. ¡Este espectáculo dantesco se ve en las zonas aledañas a la Ciudad Universitaria!
Además, una muestra de la catástrofe social que se cierne son los semáforos o el espacio público invadido por doquier; allí, se encuentran personas de todas las condiciones (niños, lisiados, mendigos, drogadictos, vendedores ambulantes, prostitutas, malabaristas, etc.) dedicadas a lo que, de forma eufemística, se llama “el rebusque”. La seguridad, para hablar de otro tema recurrente, tampoco sale bien librada: extorsiones, hurtos, asesinatos, lesiones, trata de blancas, delitos sexuales, lavado de activos, venta de drogas ilegales, etc.
En materia de recolección de basuras hay graves lunares y retrocesos. Un escalofriante ejemplo, es el de la carrera 65 antes de llegar a la 30 -una imponente arteria que es morada de muchos y sede de importantes empresas y entes oficiales-; allí, sin que las autoridades cumplan la ley, los desechos y escombros están por todos lados, los sardineles apestan y son un foco de enfermedades y malos olores.
Esa no es, por supuesto, la ciudad que se gastó cerca de cuatrocientos mil millones de pesos en 2010 en unos inútiles Juegos Suramericanos y la que, con un costosísimo y surrealista video, se promocionó en 2012 ante el mundo para realizar los Juegos Olímpicos de la Juventud en 2018; tampoco es la urbe virtual que nos muestran bien impresos documentos o costosas campañas publicitarias.
Por eso, para jalonar por mejores cauces el desarrollo de la capital paisa y superar los abismos de clase y la asfixiante desigualdad social, es necesario dejar de soñar despiertos; hay que pensar en los más humildes y reverenciar el dolor humano.