Histórico

Medellín: lo que va del Gallinazo a Juancho

19 de junio de 2008

Nunca supe su nombre. Solo sé que le decían Gallinazo. Acababan de presentármelo una hora antes de que le pegaran un tiro. Estaba a medio metro, del otro lado de la mesa y sorbía una cerveza cuando su mirada se enredó con la de otros tres clientes. El volumen alto de aquel bar de salsa no dejó oír bien los disparos, la alerta la dio el olor a pólvora.

Ocurrió al comenzar los noventa cuando en Medellín uno no podía tropezarse ni discutir con alguno de aquellos muchachos letales que en las calles simplemente llamábamos "pillos". La mirada hosca del Gallinazo bastó para que los tipos de la barra se inquietaran y, solo por eso, le estallaran el páncreas de un plomazo. Junto con el amigo común que nos presentó, minutos después poníamos a Gallinazo sobre una camilla del Hospital San Vicente de Paúl, que fue un milagroso partero y salvador de vidas en la ciudad que entonces éramos: "la de la eterna balacera". En 1991, en Medellín hubo 6.349 homicidios. Algo así como 18 asesinatos por día. Bestial.

En esa época Juancho apenas tenía nueve años. Iba a regañadientes a sus primeras clases de piano, de la mano de su madre, Gilma. Unos años después me hice amigo de su padre, Luis Fernando, y fui testigo de los esfuerzos que él como profesor universitario y enamorado de la música hizo para formar, paso a paso, a uno de los mejores pianistas que hoy tiene este país. En el último mes vi a Juancho tocar dos veces con su banda, una tromba de creatividad y calidez musical. En una de aquellas descargas caribeñas estaba en un bar, tranquilo, y la memoria viajó al Medellín del Gallinazo. Me alegré al sentir que las balas al por mayor "y al letal" estaban lejos.

Pero las últimas semanas, incluso los últimos meses (los de 2008), de nuevo se han tornado azarosos, por lo menos en los hechos que registran los titulares y notas de prensa: Un lunes sangriento (11 asesinatos en 24 horas), Balacera en La Bayadera (tres muertos en un tiroteo en pleno centro), Bailarina de ballet asesinada por un cabeza rapada (en el barrio El Poblado), Narcopelea por Medellín (guerra por territorios y expendios de vicio en las comunas populares).

A Gallinazo al final lo cazaron en la calle. En otro turno al gatillo, un sicario le desplumó los sueños, solo por el aspecto duro que le moldeó su barrio de la ladera nororiental. A Juancho, en un sector de clase media, lo protegieron sus padres y el conservatorio. Se graduó de músico profesional y pudo desarrollar su obra y dárnosla a gozar en la Medellín del último lustro, imbuida de un espíritu de mejor convivencia. Con él hablé alguna vez de componer canciones sobre la ciudad que viví. Apenas he escrito un tema, inédito: Idos y quedados.

Agradezco estar en el grupo de los quedados (los muchachos de esos años que no despacharon los tiroteos sin ley), para ver la Medellín vital que las alcaldías de Sergio Fajardo y Alonso Salazar han ido tallando. Pero ahora que brotan preocupantes amenazas hay que decirle al Alcalde que no queremos volver a ese tiempo que él retrató muy de cerca en su libro No nacimos pa'semilla. Días de dolorosas guerras urbanas que mi canción recuerda así: "¡ábranse que en el bar hay plomo hasta pa'los gallinazos!".