Medidas extremas en el estadio
Son excesivos los desmanes, son repetidos los protagonistas, son lamentables los daños dentro y fuera del Estadio Atanasio Girardot. Han burlado toda tolerancia y esperanza de cambio. Mano dura.
Vamos a ser directos desde el principio: la violencia y la zozobra desatadas por una parte de los hinchas de los equipos de fútbol de la ciudad de Medellín ya son inaguantables e inadmisibles, y requieren medidas firmes y definitivas de control por parte de las autoridades.
Los clásicos entre los dos equipos que tienen por sede el Atanasio Girardot se volvieron una pesadilla para los espectadores decentes y para los vecinos de residencias y locales contiguos a la Unidad Deportiva Atanasio Girardot. Hay dos barras en particular, una al norte y otra al sur de las graderías, involucradas con frecuencia en los disturbios.
Medellín, la familia del fútbol, los ciudadanos que no tienen ese deporte dentro de sus intereses, estamos, todos, agotados por las refriegas que protagonizan cada semana esos fanáticos virulentos que van al estadio con el exclusivo propósito de hacerles daño al espectáculo, a las instalaciones y a los seguidores de los equipos rivales. Incluso, a las viviendas y los residentes que rodean el Atanasio Girardot, tan ajenos a lo que ocurre en la cancha. Y el Metro ha suspendido a veces el servicio en estaciones adyacentes.
Durante tres partidos consecutivos, algunos grupos de hinchas violentos del Deportivo Independiente Medellín han protagonizado disturbios dentro del estadio, situación que no se presentaba allí hace bastante tiempo.
Si bien en las afueras del escenario y en varios sitios del Valle de Aburrá se habían detectado problemas, dentro del estadio la situación de violencia parecía erradicada. El intento de invadir el terreno de juego, las agresiones contra la Policía y los destrozos del mobiliario son faltas graves. En los alrededores, en otras ocasiones, también ha habido choques con hinchas del Atlético Nacional.
Este diario insiste en la necesidad de extremar los controles policivos, dentro y fuera de los estadios, y de ser más rápidos y contundentes en las reacciones cuando se presenten refriegas. Debe haber mano dura para evitar desmanes y, si se dan, contundencia para perseguir y detener a los vándalos.
La Policía necesita una justicia ágil y efectiva a la hora de judicializar a estos personajes nefastos. No nos ganamos nada si tras los incidentes capturan a los protagonistas y las leyes existentes, tan limitadas y débiles, permiten que vuelvan a la calle de inmediato.
Las autoridades de gobierno y del fútbol, y los directivos de los equipos, también deben poner su parte.
¿Desde hace cuánto tiempo se está hablando de la carnetización de los hinchas? ¿Tiene el Atanasio Girardot un sistema de cámaras de vigilancia moderno y adecuado para identificar a los revoltosos? ¿Por qué no aprender de otras experiencias y países donde erradicaron la violencia del fútbol (caso de Inglaterra contra los Hooligans )?
En Medellín y en el país, en torno a esta violencia que apesta el fútbol, ha habido muertos, lisiados, personas en coma o desfiguradas, armas de fuego y droga incautadas, ataques en las carreteras, destrucción de bienes de particulares y del mobiliario público... un catálogo de delitos que ya se antoja muy amenazante para la convivencia y la seguridad generales.
Creemos que va siendo hora de actuar con la severidad necesaria para depurar la clientela de los estadios. Para lograr que la gente vaya a ver a sus equipos dentro de una sana y simbólica rivalidad, sin agresiones físicas y sin destruir el entorno. No más. Hay que frenar esta epidemia de violencia que a todos nos indigna y desconsuela.