Histórico

Mejor crecer acompañados

06 de enero de 2009

Estos días de Navidad y Año Nuevo, me vienen los recuerdos de reuniones familiares tan propias de esta época. Cuando era niña, mis hermanos y yo no veíamos la hora de que llegaran las vacaciones para irnos a la finca. Esperábamos "la patota" de primos que venían de diferentes sitos.

Durante la temporada de vacaciones planeábamos largas caminatas, hacíamos videos caseros, encendíamos la chimenea de noche y comenzábamos a cantar, a contar historias o a jugar cartas.

Los hombres planeaban eternos partidos de fútbol y las mujeres eternos juegos de barbies.

Éramos tantos sobrinos que para que los tíos no tuvieran el dilema de a quién darle regalo y a quién no en Navidad, jugábamos al amigo secreto. Y quedábamos felices con nuestros dos regalos (el del Niño Jesús y el del tío que sacó nuestro papelito).

Familias numerosas, hermanos que se pelean por la ventana del carro, o la mejor silla para ver la tele. Elementos que escasamente veo aquí en Europa donde puedo contar con mis manos las mujeres embarazadas que he visto desde que llegué. Donde los pocos niños que veo, crecen solos creyendo que son el centro del mundo porque desde pequeños lo han recibido todo y no han tenido con quién compartir ¿qué familia van a poder formar? -me pregunto. Donde veo tantos ancianos que terminan sus días sin una compañía diferente a su enfermera? ¿cómo terminarán entonces los niños que están creciendo ahora, sin hermanos ni primos?

Recientemente el cardenal Ennio Antonelli, presidente del Pontificio Consejo para la Familia, durante una intervención ante el Consejo de Europa en Estrasburgo, dio a conocer algunas cifras que hablan de esta realidad: desde 1980 cada año nace en el Viejo Continente un promedio de un millón de niños menos. Anualmente se cometen 1,2 millones de abortos. El promedio de miembros de una familia es de 2,4 y los solteros son un cuarto de las familias.

El "invierno demográfico", como lo llamó el purpurado, es un hecho trae duras consecuencias no sólo a nivel familiar sino económico, por la falta cada vez más grande de manos trabajadoras que sostengan los sistemas de pensiones.

También leí hace poco, un artículo de Íñigo Alfaro en la revista electrónica Fluvium. Decía que si el índice de fecundidad en Europa continúa como va, dentro de 25 años la mayoría de los niños serán hijos únicos de padres que a su vez son hijos únicos. Es decir, los niños crecerán sin hermanos, sin tíos, sin primos y habrá sólo un nieto por cuatro abuelos. Las clases medias y altas de nuestro continente, en ese afán por copiar los modelos del primer mundo, no están lejos de esa realidad.

"Quiero que a mi hijo no le falte nada", pueden decir los padres. Aunque su decisión es totalmente respetable, me pregunto cómo puede ser la vida de un niño que crece en soledad, aunque acompañado quizás de su ipod y su mascota. Y al mirar la realidad en la que crecí y la que me rodea ahora, sólo puedo concluir: es mejor crecer acompañados.