Mis lecturas de García Márquez
Yo recuerdo una por una mis lecturas de García Márquez: leí, a los 13, La hojarasca; seguí, a los 14, con los cuentos de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada; me encontré luego, a los 15, con Cien años de soledad; y me cayeron encima, a los 16, a los 17, a los 18, a los 19, a los 23 y a los 24, El general en su laberinto, Crónica de una muerte anunciada, Del amor y otros demonios, El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera y Doce cuentos peregrinos.
Siempre leí fascinado. Siempre fue triste. Siempre me pareció claro que ningún otro escritor era tan bueno para las primeras frases, para los primeros párrafos. Y comencé mis lecturas en el cuarto que compartía con mi hermano y terminé en mi cuarto de soltero. Luego, cuando me dediqué a la escritura, tuve claro que su obra es nuestro poema épico: la biblia, el canto, el poema que, mientras dudamos de si tenemos un país, prueba que sí hemos sido algo semejante a una nación.
Un día de 1990 lo vi. Estaba en la fila de atrás mientras yo estaba viendo, en la sala uno de los cines de la Avenida Chile, Conduciendo a Miss Daisy. No le dije nada (tampoco aproveché las oportunidades que tuve de que me lo presentaran) pero sí lo oí comentar la película de principio a fin. Y pensé, en ese entonces, que tenía toda la razón.
Y que esa comedia maravillosa, más o menos olvidada, y sin duda injustamente, podría haber sido el mejor guión de Gabriel García Márquez.
Cuando el teatro volvió a iluminarse, luego de que siguieran de largo los créditos de la producción, bajamos juntos por las escaleras.
Bueno, él con sus escoltas. Y yo con mi familia. Me miró y me dijo "muy buena" y yo le respondí "sí señor" porque siempre he respetado a los mayores, y él siempre lo será.