Murió de vivir tanto la vida...
... ésta es una profunda expresión de Manuel Mejía Vallejo en una de sus más hermosas obras poéticas, Memoria del olvido.
Al recordar al entrañable amigo, escritor, maestro y excelente colega universitario, que tanto estimuló y apoyó los trabajos culturales que se emprendían en la ciudad y en la región, pienso en una de las últimas visitas a Ziruma, esa casa con alma, donde él y su familia nos acogían. En una tarde inolvidable en compañía de Gloria Inés Palomino y Juan Luis Mejía, y cuando ya había sufrido la más dolorosa limitación para un escritor, la pérdida de la palabra y de la posibilidad de escribir, Luz su hermana, nos leyó, por iniciativa de Manuel, las primeras páginas de Los invocados su última novela, en ese momento inédita. Esa emoción interior que produce la obra de arte nos unió a su alrededor con una honda intensidad, pues aún con las limitaciones de su enfermedad, lograba comunicarse con su expresiva mirada, su viva sonrisa, que transmitía el amor por su familia, sus discípulos, sus amigos.
Escuché hablar del escritor desde muy niña. Adolescente conversé por primera vez con él en casa de su tía Antonieta Pellicer de Vallejo, prima de ese gran poeta mexicano que tanto conoció, Carlos Pellicer. Para una hermana y para mí, estudiantes entonces, fue una enorme alegría el regalo que nos hizo de su obra autografiada "Tiempos de sequía".
Con admiración seguí durante muchos años su trayectoria, pero los de mayor cercanía fueron del 75 hasta su desaparición. Compartimos con otros colegas, el inicio de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional a la que mucho aportó. Disfrutamos además con su familia y amigos cercanos de las deliciosas tertulias de los miércoles en la Biblioteca Pública Piloto. Al contarle una anécdota, una historia, con esa generosidad que lo caracterizaba me decía: "Chica escribe eso". Varios de sus discípulos tanto de la Universidad, como del Taller de literatura de la Biblioteca, hoy son escritores profesionales destacados que le agradecen el estímulo para decidir su vocación.
Diez años hace que murió Manuel. Con muchos de sus lectores comentamos que es necesario que se impulse un acercamiento mayor a su obra en lo cual está comprometida la Corporación Manuel Mejía Vallejo, creada por su familia. Con García Márquez y otros grandes escritores, él, sin lugar a dudas, ha hecho que la literatura colombiana tenga un lugar significativo en el ámbito internacional.
Baldomero Sanín Cano, nuestro escritor rionegrero, y uno de los grandes que Manuel admiraba, decía también que se debe "morir de vida y no de muerte". Manuel Mejía Vallejo "murió de tanto vivir". Su excelente literatura, su apego a esta tierra, sus enseñanzas y afecto lo hacen siempre presente. Su vida como gran creador se tradujo en la palabra para nombrar el mundo, para decir lo más humano de lo humano con honradez y belleza.
Como homenaje al escritor después de su muerte, leí Los invocados frente al Cauca en las montañas del suroeste antioqueño que tanto amó. Sentí que en ésa su geografía, se congregaban sus antepasados, su familia, los personajes que creó y describió, sus lectores y los que gozamos de su amistad. Sentí una voz que cantaba el dolor y la alegría, la memoria y el olvido, el silencio y la palabra, la soledad y la compañía, el amor y el desamor, la vida y la muerte? entendí que "La tierra éramos nosotros".
Oí además que nos decía: "Que la voz del que canta sabia y bondadosamente sea la voz de los que no la tienen y el oído de los que no pueden escuchar. De los que todavía seguimos esperando".