Nairo no olvida su mejor regalo: ver el mar
Como premio al ganar el Tour del Porvenir, pidió que lo llevaran a conocerlo en Barcelona.
Los alegres ojos eran los de un ruego que buscaba la respuesta afirmativa. El muchacho de 20 años acababa de ganar el Tour del Porvenir, en Francia y quería un premio: conocer el mar.
Ahí, en el sur francés, no había mar a la mano ni a la vista. Al día siguiente, de paso por Barcelona, recibió la recompensa a las seis de la tarde. Se fue en carro hasta la playa, se puso una pantaloneta de ciclista, salió corriendo hacia lo desconocido y se adentró feliz en el agua pese a que a esa hora las aguas parecían congeladas.
Sí, ese fue un premio más grande que el dinero que ganó en la competencia que lo lanzó al estrellato del ciclismo internacional.
Era la retribución a los cientos de miles de esfuerzos hechos por un niño que iba al colegio en una pesada bicicleta en la que, incluso, cargaba a su hermanita en la barra; el que por las mañanas recogía agua y la leña para atizar el fogón de Eloísa, la mamá que ha sido una especie de heroína para Nairo Alexánder Quintana.
Ese gusto por el mar, era, igualmente la retribución a la consideraciones que tuvo con su papá Luis, quien se pasaba de operación en operación -fueron 14- para tratar de recuperarse de una incómoda lesión en una pierna. Cuando no era que ayudaba en la venta de frutas que tenían al borde de carretera, también atendía en la ventanita en la que despachaban roscones y mecato, para hacer unos pesos de más, en Cómbita.
Ellos, los Quintana Rojas, eran y son la dignidad en pasta. Humildes, pero nunca pobres. Siempre ha habido comida en la mesa, conseguida con el esfuerzo de ordeñar vacas, sembrar papas, vender leche y cerveza.
Hace tres años fue el mar como regalo; hoy son tres subidas a un memorable podio, para verlo tranquilo, reposado, sin aspavientos, como aquel muchacho que el 20 de julio de 2008 se acercó en Sogamoso al profesor Jenaro Leguízamo, para decirle que le siguiera la pista, que por nada del mundo le fuera a perder la huella. Eso sucedió a la misma hora en que ayer ganó su primera etapa del Tour de Francia.
Y el regalo del profe Jenaro fue llevarlo a la concentración del Colombia es Pasión, en Bogotá, para hacerle unos test, que después dejaron asombrados a todo el mundo. Arrojaron valores tan elevados que creyeron haber cometido una equivocación. Pero ya en el campo, o sea la carretera, esos valores, encima de la vieja bicicleta de hierro con la que iba al colegio en Arcabuco, sólo los confirmó, para dejar a todo el mundo con la boca abierta.
Una boca abierta que venía de años atrás, como en los circuitos de Sogamoso, o en el mismo Arcabuco, cuando en medio de la pólvora le ganaba como si nada a los compañeros del colegio y a los jovencitos del pueblo, pese a que Nairo se destacaba más bien en las danzas, que lo retenían hasta tarde y que lo obligaban a volver de noche, en plena escalada hasta el Sote, a 3.059 metros sobre el nivel del mar.
Y los pocos trofeos que recibía en aquel entonces eran los viejos uniformes de ciclista que le regalaban los organizadores de las competencias, los que iban a parar a las solícitas manos de Eloísa, quien los transformaba con tal de que le sirvieran a Nairo.
Siempre fue buen estudiante, pese al cariño que le fue tomando al ciclismo. La primaria y el bachillerato los hizo a punta de bicicleta, porque siempre asistió a clase encima de esa máquina de 20 kilos, que, con los años, lo hizo fuerte, un escalador puro, y más con las continuas idas y venidas entre El Sote y Arcabuco.
Inexorablemente el pedalismo lo conquistó finalmente y al anca lo siguió el hermano Dayer, para continuar el mismo camino. Y otra conquista fue la novia, la amiguita de niñez, a la que se le pegó a la rueda, creciendo juntos, incluso dándole estudio y hacerla su representante en Colombia, porque ella es quien maneja la agenda cuando el ciclista está en el país.
Ahí está pintado Nairo con su nobleza, con ese don de gentes que lo ilumina; una humildad a toda prueba, con nada de ingenuidad, porque siempre está pendiente hasta del mínimo detalle. Con la actitud de un ganador empedernido, un campesino que salió de Cómbita para conquistar el mundo y conocer el mar.