Histórico

No. 85. EL VALOR DE LA PAZ

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14 de marzo de 2013

Mucho nos hemos preguntado acerca del precio de la paz, pero poco sobre el valor de la paz. ¿Es lo mismo? Evidentemente no. También nos hemos preocupado más por los efectos inmediatos de las conversaciones sobre la paz en La Habana sobre nosotros, que en las implicaciones en el mediano y largo plazo en el desarrollo del país y la calidad de vida de los colombianos.

Marcando linderos entre los conceptos de precio y valor, podríamos aceptar que cuando hablamos de los precios de la paz nos referimos a los costos que debemos aceptar para llegar al estado que el país necesita y desea. Cuando hablamos del valor de la paz estamos refiriéndonos a la utilidad y beneficios que obtendríamos los colombianos al disfrutar de un orden político, económico y social justo que promueva la vida digna, proteja la propiedad privada, garantice el derecho al trabajo y asegure la sana convivencia, tal como lo establece la constitución política del país en su preámbulo.

Si aterrizamos en nuestra realidad actual y nos centramos en un hecho concreto, como lo son las conversaciones en La Habana, encontramos que los anteriores conceptos facilitan su comprensión.

Para adquirir mediana idea sobre los precios de la paz podemos profundizar en los aspectos a los que hace referencia el senador Juan Mario Laserna en entrevista con María Isabel Rueda (El Tiempo, 11 de marzo), y no preocuparnos en aspectos, comparativamente insignificantes, como los costos de transporte, hotel y alimentación de los negociadores.

Para comprender el valor de la paz, debemos recordar los cientos de miles de víctimas del conflicto durante medio siglo y entender la diferencia entre el proyecto de país que fija la Constitución política de Colombia, como Estado Social de Derecho, y las necesidades y esperanzas de los desplazados, de los que no pueden satisfacer sus necesidades básicas, de las viudas y los huérfanos de los soldados muertos en combate, de los más de 7000 miembros de la fuerza pública y de otros tantos civiles inocentes en condición de discapacidad, por efecto de las minas antipersonas colocadas por las FARC.

En consecuencia, la paz no es un fin en sí misma, sino la condición primera dentro del proceso que permita alcanzar el ambiente seguro para ambicionar la justicia, la equidad y la responsabilidad social. Es ineludible pagar un precio justo para construir ese gran valor.

Otra inquietud que surge es sobre quién paga los costos de la paz, quiénes los beneficiarios y cuál su utilidad. Los costos debemos pagarlos todos los que tenemos alguna posibilidad de hacerlo y quienes hemos usufructuado el orden actual. Los beneficiarios seremos todos y su utilidad es inconmensurable, no solo ahora sino para las generaciones futuras.

La sociedad colombiana, por derecho y por obligación, debe ser la generadora de la dinámica que conduzca a la paz, pero también puede ser su mayor obstáculo. Su éxito exige procesos estructurados, preparación técnica, tiempo y más solidaridad que egoísmo.
Los invito a la reflexión.