Histórico

No dejemos que Tomás se quede para siempre sin luz

Este niño de ocho años nació sano, pero un inexplicable percance que sufrió cuando tenía cinco meses le alteró la existencia: no sólo lo dejó corto de visión sino que le restó capacidad motriz y de aprendizaje. Podemos ayudarlo.

10 de septiembre de 2011

Cuando está aliviado, Tomás Arenas Arbeláez es el niño más feliz del mundo, pero cuando se pone mal de la salud es el chiquitín más triste y deprimido.

Lo triste es que en su corta vida ha primado esto último, y aunque nació con un espíritu extrovertido y juguetón, la vida le tendió una trampa que le ha impedido gozar su niñez a plenitud. Tomás tiene problemas de visión, a ratos se desvanece y además sufre un grave retraso en su desarrollo personal y motriz.

A sus ocho años, que cumplió el pasado jueves, aún no sabe leer, escasamente escribe su nombre y tampoco distingue los números. Es decir, aunque cursa segundo grado en una escuela del municipio de Guarne, su desarrollo es equivalente al de un niño de guardería.

Sus dificultades de aprendizaje contrastan, eso sí, con su explosividad para jugar, su ternura, la manera tan abierta como se expresa y la educación con que trata a sus compañeros, profesores e incluso a un desconocido que se le acerca.

Y duele que su vida se esté truncando por la falta de recursos económicos para recibir un tratamiento adecuado a su enfermedad, con la que no nació sino que se la ocasionó un fatal accidente de la vida.

Cuenta su madre, Ana Solvay Arbeláez Aguirre, que Tomás nació bien en todos los sentidos. En ese entonces residía en Medellín y tanto ella como su esposo trabajaban, por lo que al niño lo dejaban al cuidado de una mujer. Y todo iba bien hasta que Tomás tenía cinco meses de vida.

-Un día me llamó esa persona que lo cuidaba (prefiere no decir quién) y me dijo que el niño estaba muy grave en el hospital, que había sufrido un golpe y que me fuera rápido a verlo-, relata Solvay y recuerda que desde ese día empezó un martirio que ya ajusta siete eternos años y siete largos meses.

Ese día, por una razón que la mujer que lo cuidaba no supo explicar, Tomasito sufrió un golpe fuerte que pudo haberle provocado la muerte súbita, según le dirían los médicos que lo atendieron en el hospital Pablo Tobón Uribe, a donde fue remitido del San Rafael, de Itagüí.

-Creo que se tardaron mucho en descubrirle qué tenía, porque el accidente fue por la mañana y solo a medianoche, cuando le hicieron una tomografía, le descubrieron el problema del ojo-, sostiene Ana Solvay, que tiene decenas de papeles médicos del proceso de atención que ha recibido su hijito.

El caso es que Tomás estuvo internado ocho días en cuidados intensivos y aunque sobrevivió de milagro, hubo que ponerle una válvula de Hakim, cuyo objetivo era drenarle una hidrocefalia que sufrió en el accidente, que ella no sabe si fue por un golpe o por otra circunstancia.

Las consecuencias del percance fueron fatales: el niño tuvo parálisis en su mano y pie derechos y sólo pudo recuperarse con intensas sesiones de terapia. Su peor secuela fue la visión: Tomás no ve por el ojo derecho. Para escribir o dibujar tiene que pegar su cabeza al cuaderno o al tablero y a poca distancia no distingue a las personas.

-Acá, cuando llegó, se chocaba con todo, aunque ha ido aprendiendo a desenvolverse, pero me pone muy triste lo que sufre. Hay días que se ve deprimido, le duelen las manos, a veces blanquea los ojos y se pone pálido y tienen que venir por él- cuenta la profesora Nelly Franco Cataño, que siente por él un cariño especial.

Tomás vive con sus padres y dos hermanitos en la vereda Guamito, de Guarne, en medio de mucha pobreza. Su padre es constructor y no siempre tiene trabajo. Y a veces tiene EPS y a veces no.

Esta, sin duda, no le ha dado la atención requerida y por eso Tomás cada vez va en retroceso.

-Yo quiero ser arquitecto... ¡ah! y tomar fotos con esa cámara-, afirma el niño, totalmente encantado con mi compañero Julio César, el reportero gráfico.

Él asiste a un aula de la escuela Fermín Emilio Montoya, donde comparten niños de segundo y cuarto grados y él alterna con ambos grupos.

De él, los niños tienen los mejores comentarios:

-Es tierno y juguetón-, afirma Daniela Castaño.

-Él lo único que quiere es jugar-, apunta Esteban Avendaño.

-Y lo que más me gusta es que nos respeta mucho-, sostiene Luisa Fernanda Henao.

Para recuperar su salud y enrutar de nuevo su vida, este pequeño requiere la solidaridad de los antioqueños.

-Es urgente que lo vea una neuroftalmóloga de la UPB, la única que hay en Medellín, pero no tengo cómo pagar eso-, afirma la madre.

Con su EPS la causa es perdida, porque cualquier cita se dilata meses y hasta años y con decenas de papeles su madre lo demuestra. Muchas citas y tratamientos se los niegan porque le dicen que no están dentro del POS y otros argumentos que no vale la pena mencionar, pues ya todos sabemos cómo funciona este sistema de salud en Colombia.

Tomás quiere reír, estudiar, aprender, ser profesional y entre todos podemos ayudarlo. Al verlo, con toda su belleza y su carisma, uno se enamora de él, de su ternura, de su bondad y ese mundo de juguete que lleva dentro. Pero al uno despedirse y dejarlo jugando en la escuelita, se parte el corazón. Salvemos a Tomasito. Aún hay tiempo.

Si quiere ayudar con esta causa, se puede comunicar con Ana Solvay en el 562 27 46, o con la profesora Nelly Franco, en el 530 17 89, 531 65 63 ó 313 789 88 80. También a los correos nelfra350@hotmail.com o bienestar-social@fesmeralda.com.