Histórico

No fue a la escuela pero ya escribió su libro

AUNQUE A ALGUNOS les dice que hizo hasta cuarto, nos confesó que sólo asistió varias veces a kínder. Se llama Óscar Eduardo Jaramillo Mazo, nació en 1957 en Donmatías y desde los once años llegó al mundo de las calles.

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15 de mayo de 2010

Lo hizo en medio de una de esas trabas duras que lo cogían en la noche y junto a un grupo de veinticinco indigentes que también andaban de viaje sideral después de ingerir cantidades alucinantes de droga.

Óscar Eduardo Jaramillo Mazo sólo necesitó una frase que le elevara la autoestima y lo convenciera de sus potencialidades para, de un día para otro, convertirse en escritor.

La musa de la inspiración le llegó la misma noche en la que un cura amigo suyo se lo encontró por ahí andrajoso caminando por las calles y le expresó las palabras mágicas:

-Me tocó el hombro y me dijo: hombre Óscar, vos tenés unos talentos tan elegantes para decir las cosas que deberías escribir un libro-.

Esas palabras le quedaron tronando en la cabeza a este habitante de la calle que en ese entonces -año 1996-, a sus 39 años de vida, jamás había pasado por un aula de clase. Óscar lo cuenta y no siente vergüenza de eso de no haber ido a una escuela. Pero tiene razones:

-Yo me fui de la casa a los once años. En mi hogar no había paz, mis padres se la pasaban de pelea en pelea, había maltrato y no se interesaban en mí. Lo mejor que pude hacer fue irme y nunca más volví a recuperar mi hogar-.

Había nacido en Donmatías el 3 de diciembre de 1957, en tiempos cuando la educación de los hijos no era prioridad para una familia campesina. Entonces, el niño Óscar sólo había probado cuatro veces kínder, un grado en el que más que usar cuadernos y tablero, se enseñaba a jugar y a aprender a contar hasta cien.

Y si viviendo en casa con papá, mamá y hermanitos no hubo estudio, menos lo iba haber en las calles, donde las urgencias eran otras: defenderse del mundo y conseguir para comer y dormir -y que no fuera a pasarle nada malo a uno-, anota Óscar.

Viaje a la costa y al infierno
Estando en esas, en sobrevivir, resultó de camionero. Trabajó muchos años llevando cargas para las ciudades de la Costa y fue ahí cuando se dejó seducir por el sórdido mundo del alcohol y las drogas.

El vicio le cogió ventaja y al final tuvo que dejar el volante y tirarse otra vez a las calles, pero ya de adulto. Quiso recuperar a sus padres, pero ya habían muerto, y sus siete hermanos estaban ya dispersos por el mundo, pues ni siquiera volvió a saber nada de ninguno. Solo y hundido, entonces probó las sustancias sicoactivas... conoció el infierno:

-Tiré marihuana, bazuco, sacol y hasta cacao sabanero, una vez tuve un viaje que me puso 28 días a ver monstruos de color verde, fue lo peor que me pudo pasar-, cuenta este callejero a quien, sin pensarlo, le salió un don que de pronto lo está jalando de las calles a la libertad: el de escribir.

-Es algo muy bonito, un poder sobrenatural que lo siento cuando llega a mí, me dicta que yo debo escribir y empieza a pasar por mi mente todo lo que yo he vivido. Es muy raro, porque yo no sabía ni firmar, nunca fui a una escuela y tampoco he leído ni un libro-, advierte Óscar, que a algunos les dice que estudió hasta cuarto - como para no quedar muy mal-.

Y ¡qué tal!: si no fuera por esa inquietud de decir cosas a través de la escritura, a lo mejor a Óscar se lo habría tragado la vieja calle de El Cartucho, en Bogotá, donde vivió sus peores pesadillas. Y a lo mejor, sin ese impulso que arrastra su mano hacia una hoja de papel, este hombre sencillo y de excelentes modales jamás habría tomado la decisión de abandonar el asfalto, en el que durmió noches y noches y sufrió pesadilla tras pesadilla, para volver al mundo de los sueños y la dignidad.

-Es que la droga es como un espíritu que se toma la persona, le dice eres mío y no te voy a dejar, te tengo preso. Para salir de ella hay que tener voluntad, pero mucho apoyo familiar y social, que otros crean en uno-.

Fue lo que hizo ese sacerdote amigo cuando le reconoció el talento. Ahí nació el Óscar motivado y tomado por ese "ser poderoso" que le dicta cosas y que le hizo escribir, esa noche del 96, estas sus primeras frases:

"El indigente, en medio de su monotonía y con la humildad y tolerancia que lo caracterizan, se distingue entre la sociedad y en medio de su poca autoestima, se le encuentra en cualquier lugar de la ciudad, mientras sentado en una acera llama la atención del transeúnte para que le regale una moneda por caridad o compasión".

Hace cuatro años, este hombre que quiere recuperar su dignidad terminó de escribir su libro. Se titula "El libro de la calle" y en él plasma su vida en los callejones del humo y el alcohol.

Apoyado por algunos amigos, imprimió 200 ejemplares, de los cuales ha vendido la mayoría entre los mismos habitantes de la calle. Espera un apoyo para sacar una edición de más ejemplares y que se los puedan regalar a todos esos que ambulan poseídos por las drogas y presos de la desdicha.

-No me interesa el dinero, quiero dar un aporte a la sociedad, a tantos que sufren lo que yo he sufrido-, dice Óscar, que está a pocos pasos de abandonar definitivamente las calles para poder compartir más tiempo con su hija Natalie, de 23 años, y su nieta María Camila, de cuatro.

-Quiero entrar a una comunidad terapéutica donde yo pueda estar seis meses y coger más fortaleza, porque me hace falta eso-, reconoce este habitante de las calles, que aprendió las vocales y las consonantes precisamente en comunidades terapéuticas y después, con esos simples signos, empezó a -formar verbos, sustantivos, adjetivos, todo ese léxico tan bonito que le sale a uno cuando escribe-, cómo él dice.

Hay que decirlo, a "Libro", como lo llaman sus parceros de los centros de atención al habitante de la calle, no hay que analizarle el libro por los malabarismos literarios, porque no los tiene. Tampoco por su deslumbrante ficción, porque ese no es su fuerte. Y ni siquiera por la perfecta articulación de sus párrafos y frases y menos por la coherencia y verosimilitud de los personajes que navegan en su libro, porque tal vez ni los tiene.

Mejor es dejarse emocionar por ese escrito auténtico y de lenguaje simple con el que se dirigió a los destinatarios de su texto, esa sociedad de anónimos que arrastran su desgracia caminando calles. Entonces, se podrá decir que Óscar es el escritor que ellos tienen para que les retrate su mundo, un "Libro" que anda por ahí intentando ganar la libertad.