Histórico

No hay plazo que no se venza

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15 de diciembre de 2009

Por fin, el Gobierno nacional se decidió a reimplantar el Ministerio de Justicia. Cartera que en un país en donde la moralidad y la transparencia brillan por su ausencia, se había minimizado, al colocarla como un simple anexo al Ministerio del Interior.

Varias entidades desde hace años pedían a grito herido que volviera a revivirse el Ministerio de Justicia con todas sus facultades, prerrogativas y preponderancias. Se le había confinado a ser mero gregario del ministerio de la política, en un país en donde la justicia se politiza y la política se judicializa. Se creía que con lo que se ahorraba en su desaparición, se fortalecía el gasto público burocrático.

Se esperaba que con su cancelación se ganara en productividad, en la aplicación de una justicia pronta y decidida. Ni lo uno ni lo otro se logró.

Proantioquia fue la primera institución respetable que clamó para que se resucitara el muerto. Insistió y martilló en la idea restauradora. La Andi, con timidez, hizo coro.

Algunos columnistas hablamos con franqueza de lo mismo. En los organismos internacionales se veía con recelo la ausencia de un Ministerio de Justicia, con potestades plenas para hablar, convencer, comprometer.

En un mundo globalizado, en donde el crimen ya se sale de los límites de los Estados/nación, para ser juzgados universalmente, la acefalía del Ministerio de Justicia era algo insensato e incomprensible. Sobre todo en un país que hace parte del territorio americano, en donde el delito se ha constituido en parte activa de su diario desenvolvimiento y desafío.

Ahora, por fin, se abre una luz en el debate. Las mismas querellas entre el Ejecutivo y las Cortes podrían haberse amansado en su aspereza, de haber tenido un Ministerio de Justicia con todas sus facultades plenas, de talento, competencia y análisis jurídico.

Con su vigencia se habría, quizá, logrado zanjar tantas diferencias y tender puentes. Un Ministerio que hablara el mismo lenguaje de idoneidad académica de los magistrados, picapleitos o cerebrales.

Que diera la cara en los debates, con argumentos sólidos, jurídicos y convincentes. Que no tuviera que distraerse en los afanes que plantea la política en los parlamentos y partidos de gobierno u oposición, -cuestión que ha sabido sortear con habilidad de zorro malicioso Fabio Valencia-, para luego tener que calmar las tempestades, propiciadas por altos jueces que a veces se sienten salidos de las entrañas del Espíritu Santo.

Ahora falta saber cómo se va a restaurar ese Ministerio. Cuáles van a ser sus facultades y sus compromisos. Cómo va a manejar la reforma integral a la justicia que cada vez que se plantea, se petrifica en simples esquemas y cuando se consagra, se quedan entre el tintero las grandes resoluciones que exige un país con tan altos índices de corrupción e impunidad.

Un ministro al frente del timón que no sólo sepa de derecho general, sino un estudioso de los temas más transcendentales de la juridicidad. Respetado por su sabiduría y probidad, en todos los organismos judiciales y de control ético.

Que hable por lo menos el inglés como segundo idioma, para que asista sin traductor, a las grandes sesiones y compromisos de las cortes y congresos internacionales. Allá donde nos juzgan y nos zarandean a veces con sevicia y alevosía.

Ojalá que en la recuperación a plenitud del Ministerio de Justicia pronto se cumpla aquello de que no hay plazo que no se venza, ni deuda que no se pague.