Obama y las relaciones civiles-militares
El Presidente Obama destituyó al general Stanley McChrystal, comandante general de las tropas norteamericanas en Afganistán y de las fuerzas de la coalición que combaten allí contra Al Qaeda y sus aliados, algunos grupos talibanes. No hay duda que fue una decisión difícil y costosa políticamente, por los efectos que pueda tener sobre la moral de sus propias tropas y la confiabilidad de los aliados que lo acompañan en esta guerra, heredada del gobierno Bush.
Pero la realidad era que el presidente Obama no tenía otra alternativa distinta, porque lo que estaba en juego era uno de los principios fundamentales de la democracia: la subordinación del poder militar al poder civil democráticamente electo. Si bien es un principio del cual poco se habla, especialmente en sociedades como la nuestra en la cual la persistencia de violencias de diverso tipo han hecho que se deba recurrir a los militares para tareas más allá de las propias de la defensa nacional y esto les ha dado alto protagonismo, aunque con una clara subordinación siempre, hay que decirlo, es un principio básico de toda democracia liberal, pero más aún se remonta a los clásicos de la teoría militar que siempre han considerado que la política debe conducir lo militar. Nuestra Corte Constitucional en varias de sus sentencias ha reiterado la importancia del mismo y afortunadamente sobre ello no hay discusión en nuestro caso.
Las declaraciones no solamente críticas, sino burlonas y ridiculizando a varios de sus superiores civiles -incluido el Consejero de Seguridad Nacional, el Vicepresidente y el propio Presidente- eran una clara expresión de violación de este principio y a pesar de ser un general brillante, que había llevado a la práctica una estrategia militar parcialmente exitosa, el presidente Obama debió hacerlo a un lado. Como dijo el almirante Mike Mullen, "la decisión del Presidente fue la correcta. Nos guste o no, los militares no tenemos el lujo de permitirnos burlarnos de las autoridades civiles, sean cargos electos o nombrados". Otra cosa es que un responsable militar tenga el derecho y el deber de hacer los comentarios críticos que considere acerca de una estrategia militar en curso o el desarrollo de una campaña, pero para ello debe acudir a los conductos regulares y en cualquier caso respetando el principio de subordinación.
Efectivamente la guerra de Afganistán, una de las dos que heredó el presidente Obama de Bush, es un verdadero laberinto, no sólo porque la historia enseña que este país ha sido la tumba de grandes ejércitos que lo han invadido -el último de ellos el soviético-, sino porque inicialmente no hubo claridad acerca de quién era el enemigo: ¿los terroristas?, ¿Al Qaeda?, ¿los talibanes?, ¿los llamados señores de la guerra?, ¿todos juntos?, y por supuesto, tampoco acerca de la estrategia a desarrollar. Ya el gobierno Obama precisó que su enemigo no son los terroristas -el terrorismo es un método de acción-, ni tampoco todos los talibanes, ni todos los señores de la guerra. El enemigo, ha dicho el gobierno Obama, es Al Qaeda y sus aliados y por lo tanto, si se pueden neutralizar grupos talibanes y señores de la guerra y convertirlos en aliados, hay que hacerlo. Por lo tanto la estrategia contrainsurgente debe ser más fina y más compleja para lograr ganar aliados en la población civil, ganar legitimidad para el gobierno de Afganistán y las fuerzas norteamericanas y sus aliados y buscar por esa vía aislar a Al Qaeda y cerrar los canales de cooperación con ellos.
Esta fue la estrategia diseñada por el general David Petraeus, el estratega que logró darle una cierta viabilidad a la guerra en Irak y quien ahora es puesto por el presidente Obama al frente del comando de las tropas en Afganistán.