"¡Óigamen, honorables congresistas!"
Honorabilidad, ética, principios, erudición, porte, educación, etc. eran palabras muy frecuentes y cercanas a entidades como el otrora honorable Congreso colombiano. Sin embargo, estas expresiones parece que entraron en completo desuso y ahora, las que parecían casi exclusivas de juzgados y comisarías, como extorsión, inmoralidad, chanchullo, ordinariez, ignorancia, grosería, etc. se han instalado cómodamente en el Capitolio Nacional.
Presenciar una sesión plenaria de Senado o Cámara de Representantes produce vergüenza ajena, desazón y mucha rabia.
Y, no voy a referirme al comportamiento moral, mejor dicho, inmoral para ser más exacta, ni al asunto de las componendas y al transfuguismo partidista, porque ya se ha dicho bastante. Voy a hablar del pésimo comportamiento, de los malos modales y de la ignorancia que hace rato impera en estas corporaciones, y de la que hicieron gala los representantes en el pasado debate para la conciliación del referendo.
Me atrevo a decir que ni en un salón de clases de un correccional hay tanta indisciplina e irrespeto como el que se ve allí.
Durante la sesión, esta gente entra y sale del recinto cuantas veces se les antoja. Con el mayor desparpajo hacen corrillos alrededor de un puesto, conversan y ríen animadamente, mientras el presidente de la sala les solicita una y otra vez que regresen a sus lugares y hagan silencio porque un compañero está hablando.
Prácticamente todos hacen uso constantemente del teléfono celular. Es más, algunos se pasean de un lado para otro, embebidos en largas y, supongo, interesantísimas conversaciones, que los hacen olvidar el lugar donde se encuentran. Otros, se dedican a enviar y recibir mensajes por los BlackBerry.
Contados en los dedos de la mano los que permanecen en sus puestos, unos atentos a las alocuciones y otros pegados a un computador, y no me extrañaría, que fuera jugando solitario Spider.
Otro comportamiento inaudito es que los congresistas tengan que comer en sus puestos de trabajo mientras se sesiona. Amén de lo molesto que resulta el permanente desfile de meseros llevando y trayendo bandejas que, en ocasiones, se cruzan por las narices de los oradores, el tener que ver cómo algunos de nuestros padres de la patria engullen con voracidad sus alimentos es, por decir lo menos, desagradable.
Podrían hacer una pequeña pausa para tomar un refrigerio y de paso hacer las llamadas telefónicas. Evitarían además la engorrosa situación de hallar un furtivo tenedor entre un arrume de documentos.
Inaceptable también que al carecer de argumentos, recurran a insultos, injurias y a descalificaciones groseras para enfrentar al adversario. De igual manera se oyen rechiflas, gritos y golpes en las mesas.
Definitivamente, a todos los elegidos se les debería exigir un curso de urbanidad y unas clases de español. No hay derecho tampoco a que personas con esa investidura y esos salarios, sigan diciendo: "¡Óigamen, póngamen atención honorables colegas!".
Ojalá tengamos bien presente todo esto al escoger por quién vamos a votar en las próximas elecciones.