PARA ACABAR CON LAS MATANZAS, LIDIEN CON ASSAD
En el tiempo que le siguió a la reciente Conferencia de Amigos de Siria, los Estados Unidos y potencias del Medio Oriente que incluyen a Turquía, Catar y Arabia Saudita están aumentando su ayuda hacia los grupos de resistencia de Siria. Bajo el liderazgo americano, la conferencia se comprometió con donar US$100 millones que servirán para pagar los salarios de los rebeldes.
Sean cuales sean las intenciones humanitarias, esta estrategia, junto con discusiones de “zonas seguras” y “ayuda no-letal”, está mal orientada como mínimo, y es contraproducente como máximo. Tanto se habla de salvaguardar a los ciudadanos civiles, pero es mucho más probable que las propuestas aumenten la violencia y no que reduzcan el número de víctimas civiles.
Para comprender el porqué, mire los eventos en Siria: un régimen autoritario que comete represiones brutales y violaciones de derechos humanos a gran escala. Según las Naciones Unidas, el número de muertos supera los 9.000 con miles de heridos más.
Pero los argumentos en pro de la asistencia directa para los rebeldes ignoran las complejidades políticas dentro de Siria. Por un lado, grandes secciones del país se oponen al presidente Bashar al-Assad, y una proporción significativa apoya los esfuerzos de los grupos armados rebeldes para derrocar su gobierno. En ciudades como Homs y Daraa, la brutalidad del ejército sirio ha ayudado a consolidar apoyo para los rebeldes.
Sin embargo en otros lugares, en grandes ciudades como Damasco y Alepo, el panorama es más mezclado. Algunos vecindarios apoyan una red de organizadores de protestas antigubernamentales conocidas como los Comités de Coordinación Local. Pero grandes sectores de la sociedad, incluyendo a la mayoría de los grupos minoritarios como los cristianos, drusos y alauitas, junto con gran parte de la clase media y dueños de negocios, han retirado su apoyo a los rebeldes. La explicación más probable es que le temen a mayor inestabilidad y violencia, así como algunas posibles consecuencias, como un gobierno de la Hermandad Musulmana.
Estas divisiones internas contradicen el argumento que dice que todos los sectores de la población civil le darían la bienvenida a una intervención.
Dadas estas realidades, acciones internacionales como aquellas discutidas en la reunión de Amigos de Siria arriesgan el empeoramiento de la situación. Ayuda a las fuerzas de la oposición es fungible; aún cuando sea ‘no-letal’ o financiera, es lo mismo que armar a los rebeldes y tomar partido en una guerra civil. Quienes promueven tales medidas incluyen a los países de mayoría Suní, cuya asistencia en contra del régimen dominado por los alauitas podría exacerbar tensiones sectarias y étnicas.
Y establecer “corredores humanitarios” en territorio sirio requeriría de defensa para proteger a los ciudadanos huyentes. Si fuerzas extranjeras ofrecieran esta defensa y llegaran a verse amenazadas, el escalamiento hacia una intervención directa sería probable. Es más, líneas defendidas internacionalmente serían tierras tentadoras para la retirada de los oponentes armados después de sus ataques, otro escenario que aumentaría en lugar de reducir los riesgos para los civiles.
La posibilidad de intervención parece ser bienvenida por parte de los protestantes sujetos a represión brutal del gobierno. Pero el requerimiento principal para una intervención humanitaria es la posibilidad, en general, de que ofrecerá mayor protección a las poblaciones civiles vulnerables. Y eso está ausente en Siria.
Entonces ¿qué más está en juego en los llamados a intervenir? Si el involucramiento de actores externos convierte al conflicto civil en Siria en una guerra subsidiaria en contra del gobierno sirio y sus aliados, específicamente Irán y Rusia, entonces la intervención reforzaría los poderes prooccidentales a costa de los civiles sirios. Dicha acción también seguiría disminuyendo las limitaciones internacionales en cuanto al uso de fuerza, especialmente aquellas basadas en la soberanía nacional.
Al final, la mejor forma de reducir violencia es buscar negociaciones para una transición política que incluya en lugar de amenazar directamente al gobierno de Assad. Dados los temores mortales de las comunidades a cada lado del conflicto, el primer objetivo tiene que ser dejar en claro que todos los grupos tienen un futuro en una nueva Siria.
El plan de seis puntos ofrecido por Kofi Annan, intermediario de las Naciones Unidas, es un buen comienzo. Pero ambos lados tienen que darle tratamiento serio a un cese el fuego, y cualquier embargo contra las armas tendría que aplicarse por igual a cada partido.
Crucialmente, las verdaderas negociaciones tendrían que incluir a Irán y Rusia. Ambos tienen algo en juego en el gobierno de Assad; su involucramiento en un proceso inclusivo de mediación podría abrir el paso a concesiones por parte del gobierno.
Hay quienes alegarán que no nos debemos meter con el gobierno de Siria ni con quienes lo apoyan. Pero más aislamiento le dice al gobierno de Assad y sus electores sociales que sus únicas opciones son la victoria por medio de la violencia masiva o la aniquilación.
Al depender exclusivamente de la coerción por medio de sanciones y amenazas, el efecto práctico de la aproximación americana ha sido eliminar a todas las demás opciones diplomáticas y hacer que una guerra subsidiaria (con jugadores locales e internacionales de ambos lados) sea la única posibilidad que queda.
Si realmente estamos interesados en proteger a la población civil, en lugar de usar esto como una oportunidad estratégica para darle la vuelta a alianzas regionales, los beneficios de una transición negociada son claros. Puede que no fortalezca nuestra posición geopolítica, pero ayudará a proteger a los sirios comunes atrapados en el cruce de fuego.
*Asli U. Bali es profesora de leyes en la Universidad de California, Los Ángeles.