Para alguien que siempre creyó
Apreciados lectores, a propósito de un premio que recibí esta semana, debo escribir algo muy personal. Espero que me la pasen, por esta vez:
Hace 12 días cuando iniciaron las clases en la universidad y conversé con los estudiantes para saber qué pensaban del periodismo de investigación, y del periodismo en general, dos alumnas me respondieron: "profe, nos gusta mucho, pero es que el semestre pasado cuando nos calificaban nos ponían que no sabíamos escribir, pero no nos decían por qué, ni nos enseñaban, y nos sentíamos brutas".
Lamenté que con frecuencia a muchas personas se nos quiera castrar, en distintos momentos e instancias, la capacidad creativa. Además, resultó inevitable viajar en el tiempo a mi historia personal.
Recuerdo que al principio de mis días como periodista, hace 18 años, la esposa de un familiar se me acercó y soltó unas palabras que me sacudieron: "Carlos, ¿y por qué no dejás de escribir y te dedicás a otra cosa?".
Solo llevaba seis meses de práctica en este periódico y de vez en cuando se me pasaban faltas de ortografía que después detectaba y me atormentaban. No sé si aquella pariente creía que mi incipiente conocimiento de los secretos del idioma iba de la mano de la torpeza. Yo, en cambio, creía tener facilidad para narrar.
Años antes, en la universidad, una profesora le dijo a la novia que tenía al comienzo de la carrera que se alejara de mí, porque ella era muy brillante y yo, al parecer, le resultaba demasiado mediocre. Era verdad: me la pasaba jugando fútbol, baloncesto y montando en bicicleta. Y aún era un adolescente que chocaba con la disciplina académica.
Cuando escribí mi primera crónica urbana, otra "instructora" (jamás maestra) que manejaba un periódico universitario me respondió en una pose muy erudita: "el tema del metro ya es passé passé , cómo te explico". La verdad, sigo sin entender, porque además el metro con su gentío vomita crónicas e historias afuera y adentro de las estaciones y los vagones.
Al terminar mi práctica en este diario, una periodista a la que quiero mucho, dijo: "dejémoslo. Es mejor malo conocido que bueno por conocer".
Pero después vino lo peor: yo cubría los barrios de la periferia de Medellín, de arriba a abajo, y escribí una crónica que no le gustó mucho a la fundación de un sacerdote algo soberbio que tenía una jefe de relaciones públicas más pedante que aquel ministro de Dios. Mi cabeza estuvo a punto de rodar. La salvó mi subdirectora de entonces.
En medio de esos chaparrones, alguien no me dejó bajar los brazos. Cuando envié mi primer trabajo a un concurso de periodismo que después gané varias veces, esperaba ansioso el resultado. Un día llegó una carta. Decía, lacónicamente: "gracias por participar". Me descorazoné. En verdad, me sentí en el lugar equivocado. Al día siguiente, encontré bajo la almohada un papelito con un manuscrito: "No te desanimes, van a llegar muchos premios". Mi hermana me apoyó y me enseñó a creer en mí mismo. Hoy le digo a ella: Gracias. Y a mis alumnos: no se detengan ante los necios.