"Perder es ganar un poco"
Las directivas del conservatismo fueron las primeras que corrieron a adherirse a Santos. Les bastó que el candidato ganador de las elecciones del domingo asintiera, con un simple movimiento de cabeza, para entrar alborozados en la que será indudablemente la fórmula ganadora del 20. Ni siquiera esperaron a que su candidata oficial -que fue dejada en mitad de camino por los mismos ex presidentes goditos que en su proclamación la llenaron de lisonjas- elaborara, no sólo su propio duelo, sino el de una colectividad, hoy gregaria en la búsqueda del poder por cuotas. Menos abrieron expectativas a través del suspenso, que fuera por lo menos reflejo de una hipotética discusión interna.
Indudablemente que habría sido más digno para el conservatismo -estrepitosamente derrotado con su antiguo socio el liberalismo por las nuevas expresiones políticas- adherir a Santos, después de una discusión racional sobre aquellos aspectos esenciales de su ideología, que han constituido la espina vertebral de su programa. Así el candidato Santos, con las inmensas mayorías demostradas el pasado domingo, no tuviera premura de buscar adeptos sino esperar que estos llegaran, el conservatismo ha podido hacer su apoyo con mayor pausa y decoro. Disimular un poco más en su carrera oportunista.
Posiblemente Santos también estaba interesado en enriquecer su acervo doctrinario con la participación temática de una colectividad que fue socio importante del presidente Uribe en los dos cuatrienios que agonizan. Por simple presentación, por mera apariencia de dignidad, no ha debido el conservatismo correr tanto para demostrar que estaba ansioso -como colectividad organizada- de ser incluida en la ejecución presupuestal del próximo mandato. Y menos de quedarse sin la cuota burocrática, que ha sido el oxígeno que le ha impedido morir prematuramente.
En 1966, en la candidatura de Carlos Lleras, y en pleno Frente Nacional, Antioquia salvó el decoro del conservatismo colombiano. En una convención regional, el país estuvo pendiente de la decisión paisa sobre esta candidatura presidencial, que en su momento, como ahora la de Santos, estaba prácticamente ganada por Lleras Restrepo.
Los jefes conservadores regionales -que a su vez hacían parte de las jefaturas nacionales- reunieron a más de 300 convencionistas para someter el nombre del caudillo liberal al escrutinio azul. De Bogotá vino Augusto Ramírez Moreno, un orador brillante, a imponer aquel nombre que antes despertara tantas reticencias por sus antecedentes sectarios. Algunas voces, procedentes del sector de J. Emilio Valderrama, pidieron que se condicionara esa adhesión, al compromiso solemne que debiera adquirir Lleras con las tesis descentralistas de Antioquia. Así se aprobó. Vino Lleras a Medellín y en reuniones con las jerarquías azules, firmó el célebre pacto de Lindaraja -nombre de la finca en donde se realizaron las reuniones- en el cual se recogían las ambiciones y programas del partido en materia de descentralización. El conservatismo entró por la puerta grande, con dignidad y sin reptar, para respaldar aquella candidatura, en el momento apropiado y sin oportunismo alguno.
Ahora las directivas del conservatismo entraron en tropel, sin condición fundamentada alguna, en el póker del seguro ganador. Lo hicieron sin debate intelectual interno. Sin buscar -en ese Acuerdo Nacional santista- una simple afirmación ideológica. Lo importante era que no se le excluyera de la coalición gubernamental, vale decir de la gobernabilidad burocrática. Minado y desconcertado debía entrar a empellones a contentarse con un seco en la lotería. Ya no era la fuerza que decidía sino que como apéndice se sumaba. Seguramente para explicar a sus confundidas masas tal decisión, las directivas de ese partido echarán mano de la frase maturanesca de que "perder es ganar un poco".