Periodismo de investigación y fuentes anónimas
A las preguntas del lector Manuel O. Gómez sobre las sospechas que pueden causar las fuentes anónimas, se agrega el comentario del lector Ramón I. Muñoz: "...usted tiene razón en lo que ha escrito sobre las fuentes anónimas, pero quiero preguntarle qué tanto son necesarias para acometer las investigaciones de los periodistas sobre corrupción y ollas podridas... ¿Qué opina usted como defensor?...".
El periodismo de investigación recurre con frecuencia a las fuentes anónimas. Y esto es ético dentro del periodismo, si se cumplen dos requisitos fundamentales. Primero, si es de interés general la información suministrada por la fuente encubierta. Segundo, si la información es valorada, contrastada y avalada antes de su publicación.
El periodista cuenta en estos casos con la garantía constitucional:
"Artículo 73. La actividad periodística gozará de protección para garantizar su libertad e independencia profesional".
"Artículo 74. Todas las personas tienen derecho a acceder a los documentos públicos salvo los casos que establezca la ley. El secreto profesional es inviolable".
Sin una fuente anónima, Bob Woodward y Carl Bernstein no hubieran podido desenmarañar el escándalo Watergate, que puso al descubierto la corrupción política en Estados Unidos y que llevó a la renuncia del presidente Richard Nixon. Fue William Mark Felt, una fuente anónima, llamada Garganta Profunda en las publicaciones de The Washington Post, la que suministró la información que los periodistas valoraron, contrastaron y avalaron en 1972, convirtiendo la publicación en el más sonado caso de periodismo de investigación, y al informante oculto en la más famosa fuente anónima.
Por supuesto que este no es el único caso. Son históricas las publicaciones del periodista Seymour Hersh en The New Yorker, sobre la matanza de My Lai, en Vientnam, y más recientemente sobre el escándalo de Abu Gharaib, en Irak.
A estos ejemplos de periodismo de investigación apoyados en fuentes anónimas, se suman cientos de casos en los que el periodista es asaltado por estos informantes y se ve obligado a rectificar las informaciones por inexactas o falsas. Y también se añaden cientos de publicaciones en los que el periodista es manipulado por la fuente o presentan falta de rigor. Un ejemplo de esta falta de rigor es omitir que la fuente anónima es del bando opositor al gobierno o se trata de un exfuncionario de tal dependencia.
Estoy muy de acuerdo con la apreciación que tiene la Defensora del Lector del diario madrileño El País, Milagros Pérez Oliva, cuando afirma que "...las fuentes anónimas son imprescindibles en periodismo. De hecho, es imposible hacer buen periodismo de investigación sin tener que recurrir en ocasiones a fuentes que exigen permanecer en el anonimato. De la existencia de esas fuentes depende que los lectores puedan llegar a conocer la verdad sobre asuntos que poderosas fuerzas pretenden mantener ocultos, y protegerlas es un deber inexcusable, pues de ello puede llegar a depender incluso la vida de la fuente o de terceras personas...".
Esta polémica de las fuentes anónimas no se cierra aquí. Insisto en que se puede recurrir a ellas excepcionalmente aplicando los criterios expuestos de la ética periodista. Usarlas con frecuencia y sin justificación ni rigor daña la credibilidad del periodismo porque es clara violación al principio de veracidad.