Histórico

POR QUÉ MÁS NOS BAJA EL OPTIMISMO

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24 de noviembre de 2013

La caída del optimismo y del orgullo de ser de Medellín, dictaminada por la encuesta de percepción sobre las realidades de nuestra ciudad, es un hecho insólito y contrario a la idiosincrasia voluntarista y emprendedora de los paisas medellinenses. Algo muy grave tiene que estar pasando aquí, en la tierra de la tenacidad y el coraje, para que se advierta esa tendencia que implica el desencanto y el desánimo.

Al conocer y analizar las conclusiones del estudio más reciente sobre Medellín cómo vamos, divulgado el viernes, se capta una atmósfera de incertidumbre, por lo que se infiere de las respuestas a las dos cuestiones clave, sobre el camino por donde va la ciudad y el orgullo que se siente por ella. Pero esa percepción de la gente, menos positiva que en las encuestas anteriores, creo que está influida, además, por otros motivos que no se auscultan en el sondeo, es decir por otros factores inéditos y no indagados, que de todas maneras determinan la actitud general.

En la encuesta, muy confiable por las entidades privadas que la respaldan y por el método con que se realiza, se pregunta sobre inseguridad, pobreza y desigualdad, situación económica de los hogares, educación, recreación, deporte y cultura; salud, vivienda y servicios públicos, movilidad y confianza en las instituciones. Hasta ahí, los resultados son positivos en general y varían poco en relación con estudios anteriores. Se vuelven preocupantes en las dos materias ya dichas, que, a la hora de la verdad, por su carácter cualitativo, son las prioritarias porque sintetizan el estado de ánimo de la gente.

Creo que el optimismo y el orgullo bajan, además, por hechos y fenómenos acentuados durante la etapa de la encuesta: El espectáculo inhumano y degradante de la indigencia en sectores como la Minorista es absurdo e inaceptable en una ciudad tan innovadora. El abandono imparable del viejo centro es una vergüenza. El acoso al ciudadano con fotomultas y tramitomanía es motivo creciente de malestar. El asedio de las barras bravas les dañó la vida a miles de vecinos del estadio.

Agrego el peso opresivo del centralismo tramposo, el escepticismo sobre los diálogos de La Habana, la obsesión reeleccionista y la impresión de que se persigue a los opositores al gobierno. Todo eso marca en la percepción ciudadana, aunque no se pregunte. Y los resultados serían peores si la encuesta la hubieran hecho en los días del desplome conmocionante del edificio Space.

Medellín es un plato hondo, una ciudad concentrada, estrecha, donde todo lo que pasa nos pasa, retumba y afecta el estado general de ánimo. Falta reactivar y estimular el optimismo tradicional y transformador, mediante soluciones reales y efectivas y un potente liderazgo. Si no, seguiremos en picada.