Pueblos que olvidan su historia...
Quienes conozcan, así sea remotamente, la historia del país, no se sorprenderán con los escándalos producidos en el seno del partido de oposición. Y menos cuando el Polo tiene como grandes accionistas a los genuinos herederos de la Anapo. Ese partido construido por el general Rojas Pinilla que dejó en María Eugenia, su hija, la heredera universal de todas sus estratagemas y ambiciones.
Rojas fue el único dictador/militar del siglo XX que llegó al poder tras un golpe de Estado. Salió expulsado del gobierno, debido, entre otros hechos, a los malos manejos que le imprimió a la administración pública en su período 1953-1957. Trece años después de su derrocamiento, Rojas, creó la Anapo.
Fue un fenómeno de masas, movido por el populismo sobre el cual fundamentó los argumentos ilusorios para convencer a los incautos. Movilizaron una caudalosa votación que puso en aprietos al gobierno, primero de Carlos Lleras y luego de Misael Pastrana. Copó curules en Senado, Cámara, Asambleas y Concejos.
Los partidos tradicionales se vieron estrujados por esa corriente impetuosa y populista que anunciaba la redención material y moral de los colombianos. Enarbolaban la bandera de la justicia social y la purificación de las costumbres políticas. Muchos ingenuos desesperanzados veían en la fuerza de la Anapo, la reencarnación de Gaitán y con ella la restauración moral de la República.
A los dos años de su éxito electoral comenzó a derrumbarse la Anapo. Las rivalidades, acusaciones recíprocas entre sus directivos, fueron abriendo su propia fosa.
La capitana María Eugenia Rojas no pudo conciliar ni aplacar las rivalidades de sus tenientes ni la anarquía de sus masas. Ellos creían que lo habían ganado todo y que de ahí en adelante no podían perder nada. Se tomaron por asalto muchos presupuestos estatales de regiones y de municipios para comenzar un festín de aves rapaces. Los escándalos causados por manejos de los bienes públicos fueron dejando en cueros, en pocos llamativos espectáculos públicos, a no pocos de sus congéneres. Desencantados a la terminación de la comedia, muchos regresaron a los partidos tradicionales de origen y otros rompieron el récord de flotar en el aire, sin poder aterrizar en puntos definidos.
La Anapo, como partido de familia unida por consanguinidad, se filtró en el Polo. A la sombra siguió María Eugenia, la misma que en el gobierno de su padre, el General Rojas, manejó a su antojo la política social del régimen. Eligió a su hijo Samuel alcalde de Bogotá. A su otro hijo Iván, senador de la República. Estaba logrando con la Anapo, expresión de derecha, catequizar al izquierdista Polo. Pero la convivencia comenzó a resultar traumática. No han podido cohabitar. Y por eso ahora se acusan mutuamente de corrupción. De tráfico de influencias. De carruseles de contrataciones. De abusar del uso de partidas destinadas a impulsar candidaturas en el proceso electoral.
Los escándalos de corrupción ya tocan las fuerzas de oposición. Aquellas que agitando la bandera de la moralización de los hechos y costumbres estatales aspiraban a convertirse en alternativa de poder. Que se arrogaban el exclusivo derecho de fiscalizar todos los actos y gestiones administrativas para denunciar ante la justicia los excesos del llamado "establecimiento" ¿Cayeron finalmente en la moda de la opacidad ética?
Con este nuevo fracaso en la unidad de la oposición -que como colectividad, es esencial en toda democracia que se respete-, Colombia sigue esperanzada en que algún día nazca un partido transparente y eficaz que como opositor al régimen imperante, planté opciones diferentes y cautivantes de gobierno.
Definitivamente, pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla.