¿Qué cambia el intercambio?
Pocos gobiernos tan obcecados con sus decisiones políticas y militares como el de Israel. Acaba de dar fe con la aplastante e indiscriminada ocupación de Gaza. Su superioridad sobre el enemigo y su control del territorio son patéticos y tienen incluso un aire de soberbia. El mundo le solicitó que se detuviera, pero aun así Israel demolió a bombazos esa franja de viviendas elementales, bastión de Hamas.
Contra la evidencia de su posición tan dominante en el conflicto con Palestina y Líbano, la historia registra procesos de intercambio de prisioneros entre Israel y sus antagonistas árabes (Hamas y Hizbulá). En el último de esos acuerdos, en julio de 2008, Israel recibió los restos de militares muertos y devolvió a Líbano a guerrilleros chiitas.
En apariencia se trató, además, de un canje algo "desigual": dos combatientes muertos por cinco vivos. Pero Israel no tuvo inconvenientes. Primaron razones humanitarias a favor de las familias de sus militares caídos.
Tras la reciente campaña militar en Gaza, Israel espera intercambiar a 450 prisioneros del alto rango de Hamas en su poder por un soldado suyo, Gilad Shalit, capturado por el enemigo en 2006.
"Hay una sensación de que podemos permitirnos relajar nuestros criterios sobre la liberación de prisioneros, ya que cualquier beneficio a Hamas estaría más que compensado por el daño que sufrió en Gaza", dijo al respecto un funcionario de seguridad israelí.
Alan Jara, el ex gobernador del Meta recién liberado, acaba de soltar una frase que cuestiona la resistencia del gobierno de Álvaro Uribe a adelantar con las Farc un intercambio, un acuerdo o un canje humanitario (la semántica y sus alcances prácticos los deben analizar las partes, precisamente, en una mesa de discusión sobre el tema).
Aseguró Jara con pragmatismo: "Todo lo que oigo es acerca de la fortaleza y el éxito de la Política de Seguridad Democrática, ¿y si la Política de Seguridad es tan fuerte, será que la pone a tambalear un acuerdo humanitario?".
Uribe sabe que 2008 dejó resultados sin par en las operaciones contraguerrilleras, en particular contra las Farc: abatió a dos de siete de sus máximos comandantes (Raúl Reyes e Iván Ríos), rindió a una decena de jefes de frente igualmente emblemáticos (entre ellos alias Karina) y coronó una operación histórica de inteligencia: Jaque.
Ante esos resultados y condiciones de superioridad militar operativa y táctica, demostrada en el campo de batalla, y ante su publicitada popularidad y aceptación, ¿por qué el Presidente no accede por lo menos a explorar, decididamente, una fórmula de intercambio humanitario? ¿Qué golpe de desequilibrio militar y político le puede propinar un enemigo diezmado como nunca antes? ¿Será que 40 ó 50 kilómetros despejados con reglas de juego y tiempos definidos hacen peligrar los logros de la PSD? No lo creo.
Entonces, pone a pensar la otra frase que, muy sereno, agregó Alan Jara: "siento de todo corazón que Uribe no hizo nada por la libertad de nosotros", cuando hay razones humanitarias y de Estado que lo obligan a hacer algo.