Histórico

RAZÓN Y SENTIDO COMÚN

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09 de abril de 2013

Pese a que parece difícil mantener el optimismo y las esperanzas ante el cuadro actual de crisis financiera y desatinos políticos, siempre hay que tratar de construir un futuro mejor.

El filósofo, físico y matemático René Descartes (1596-1650) decía que el sentido común era la cosa mejor distribuida entre las personas. En su época, el sentido común equivalía a la razón. En el lenguaje actual equivaldría a decir que el coeficiente de inteligencia (CI) se distribuye entre todas las personas siguiendo una curva que se mantiene inalterada en el tiempo, generación tras generación.

¿Será así? Es posible e incluso probable. Pero el sentido común también implica inteligencia emocional y prudencia al tomar decisiones. No basta ser inteligente: es necesario ser razonable y prudente para evitar que las pasiones se sobrepongan a la razón. Es preciso tener juicio.

Ahora, en el mundo en que vivimos, por lo menos en estos momentos, parece grande el riesgo de que las acciones impulsivas comprometan lo que es razonable. Cuando todavía se podía creer en que había una "lógica económica" para justificar acciones de fuerza -por ejemplo, en la época del colonialismo imperialista- la aversión a lo inaceptable (la subordinación de los pueblos a la acumulación de riquezas) venía seguida de la explicación "lógica" del porqué de las acciones: El objetivo era acumular riquezas y expandir el capitalismo.

Pero, ¿cuál es la lógica ahora que Corea del Norte sale con la bravata (y quién sabe lo que hará) de que puede arrasar a Corea del Sur e incluso alcanzar la costa occidental de EE. UU.?

¿Y qué puede decirse del presidente da Siria, Bashar Al-Assad, que cerró su clínica oftalmológica en Londres en 1994, para prepararse para reemplazar a su padre en el poder en 2000, y que desde hace dos años está bombardeando a sus compatriotas?

Si fueran solo estos los ejemplos, pero no. En la pequeña Chipre (una isla situada en el mar Mediterráneo oriental), cuyo sistema bancario se convirtió en refugio de capitales de procedencia dudosa, cuando no claramente resultantes de la corrupción y la evasión fiscal, se ve un gobierno que sin más ni más, temeroso de las presiones de los controladores financieros de la Unión Europea, no tuvo mejor idea que la de expropiar a los depositantes, fueran o no propietarios de capitales de origen discutible.

Aunque no todo es desatino, claro. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, al tomar posesión de su primer mandato, dijo que su país debería invertir más en ciencia y tecnología y preparar una revolución productiva basada en la energía limpia, aunando conocimiento e innovación con la posibilidad de que la economía crezca sin destruir el ambiente.

¿Será así? Esperemos que esta vez prevalezcan no solo la razón cartesiana sino el sentido común y que se entienda que los mercados sin regulación desembocan en la irracionalidad.

En cuanto a nosotros, los brasileños, parece que tampoco aprendemos mucho de los errores voluntaristas del pasado. Somos reincidentes. Aunamos a los impulsos movidos por la buena voluntad cierta grandiosidad que no corresponde a la realidad.

Al desear salir de la amenaza del bajo crecimiento económico a toda costa, cada día se anuncian nuevos planes y programas. Sin embargo, solo salen del papel morosamente y muchas veces, ni eso. ¿Por qué?

Tal vez porque creemos más en los grandes planes salvadores y menos en el método, en la rutina, en la persistencia y en la innovación para acelerar el camino. El gobierno, por ejemplo, percibió que el futuro depende del conocimiento y que prácticamente existe una escasez de gente calificada para que el país enfrente el futuro con más optimismo. Por lo tanto, había que proponer la "gran solución".

En lugar de tener escasos 8.500 becarios en el exterior, pasaríamos luego a 100.000 en cuatro años. Resultado: una profusión de becas, un menoscabo de la capacidad universitaria ya instalada y el envío al extranjero de muchos que ni siquiera conocen bien la lengua del país a donde van a estudiar.

Claro que aún hay oportunidades de recuperar el tiempo perdido y recuperar las esperanzas. Pero, si en vez de cantar loas a lo que todavía no es palpable y dedicar tanto tiempo a pelear por las futuras regalías del petróleo, hubiéramos discutido metódicamente y sin tanto bombo las mejores alternativas energéticas, incluso las del mismo petróleo, y hubiéramos apoyado más las investigaciones y la innovación, probablemente ahora sentiríamos menos angustia por las oportunidades perdidas. El comentario es válido para toda la infraestructura económica.

¡Ah… Si hubiéramos celebrado subastas bien organizadas para la competencia por las carreteras, los puertos, los aeropuertos y así sucesivamente, podríamos haber evitado el desperdicio de parte de "la mayor cosecha de granos de la historia’’ por las pésimas condiciones del transporte y el embarque de los productos.