RECONOCIMIENTO DE DERECHOS, SIN MATERIALIZACIÓN
Mañana, 10 de diciembre, se celebra el día internacional de los derechos humanos. Hace veinte años, su conmemoración era un acto marginal; hoy está difundida. Supongo que es un avance, pero el reconocimiento formal no implica un avance en la situación de los derechos humanos en el país.
El Estado colombiano se destaca por el reconocimiento formal y legal de los derechos. Los derechos de los colombianos se proclaman al por mayor. Su existencia se asevera de manera reiterada, tanto por parte de los obligados como de los derechohabientes. Hay derechos humanos para todos.
Ha cogido tanta fuerza el lenguaje de derechos que casi todos los reclamos sociales se formulan de manera técnica en torno a algún derecho y la respuesta oficial a la insatisfacción, igualmente, utiliza el lenguaje de derechos para responder, sin negar la existencia del derecho. Se produce así un efecto o una apariencia de que todo está zanjado, de que hay derechos para todos.
Las constantes promesas en torno a los derechos generan un efecto de reificación. Este se deriva de la ambigüedad del contenido del derecho y de una apreciación ilusoria del derecho. La difusión del lenguaje de derechos conduce a una confusión o mezcolanza entre la declaración de tener derecho a algo con el estado de ese algo. Por ejemplo, como la Corte Constitucional tutela ampliamente el derecho a la salud, se genera una percepción de que la salud de los colombianos goza de amplia protección. Sin embargo, las declaraciones de la Corte no se materializan; al margen de que se proclama y se tutela el derecho a la salud constantemente, la salud está podrida.
Fruto del rol dominante que se le otorga a los derechos y a la disciplina del derecho en las reivindicaciones sociales y políticas en Colombia, los ciudadanos formulan sus reclamos en clave jurídica y mediante un lenguaje abstracto que imitan. Esto conduce a un proceso de cosificación de sus necesidades mediante un lenguaje estéril, calculado y racional: el jurídico. Así, se acentúa una concreción falsa de los derechos a la salud, al trabajo o a una vida digna, por poner unos ejemplos, atribuyéndoles un contenido abstracto que está muy alejado de la realidad, calificada diariamente por la necesidad y la anomia.
El paradigma de derechos pretende proteger necesidades humanas y promover la solidaridad social. No obstante –y, particularmente, en ámbitos de carencia y desorden– ese paradigma termina abstrayéndose del contexto específico de necesidad y desorganización, y promueve el ejercicio de derechos en abstracto. Los efectos de la reificación de los derechos son la anulación de la agenda política del grupo poblacional que los reclama y la sustitución de sus demandas políticas por el reclamo mediatizado del ejercicio de un derecho.
El resultado es el reconocimiento oficial y la glorificación del marco de los derechos, pero pocos avances en la transformación de realidades.
En contextos de prolongación de los reclamos de derechos, como en Colombia, la reificación de los derechos conduce a manifestaciones de estancamiento, frustración, adaptación por otros medios e, inclusive, estados de anomia social. De aquí que el derecho otorgue reconocimiento pero no materialice cambios.
Estamos llenos de derechos pero, en la práctica, las personas más necesitadas y las víctimas de violaciones graves de derechos humanos experimentan la incivilidad salvaje y la negación de sus más esenciales necesidades