RÉQUIEM POR UNA PASIÓN INSEPULTA
Y llegó el partido final del Mundial de Fútbol. Mañana, si Dios nos da vida, se acaba este delirio y este tormento. Pero no todo seguirá lo mismo, porque no se vive impunemente el desgaste de emociones que desata un deporte que, por los vericuetos de la irracionalidad, ha venido a convertirse casi en una religión. O sin casi.
Yo, que sin ser un fanático del fútbol, tal vez por puro contagio, tanto esperaba del Mundial de Brasil, dejo constancia de que, fuera de fugaces momentos de alegría, he quedado desilusionado, desinflado. Y no tengo reparo en entonar un réquiem solemne por la pasión insepulta que hoy despedimos en el apabullado reino futbolero de Pelé.
Quedan lecciones, por supuesto. Aunque no de fútbol, sino de vida. Cada uno, maestro de sus interioridades, deberá hacer el inventario. Por ejemplo, tal como se presentaron muchos partidos y la desilusión dejada por algunas de las selecciones que se ufanaban de favoritas, nunca, creo, ha quedado tan claro aquello de que no hay enemigo pequeño. En esta cultura del siglo XXI, marcada por las desmesuras de todo tipo, por las exclusiones, por los abismos de odio que separan a los hombres, por tantas aberraciones de poder, recordar eso, que no hay enemigo pequeño y que el hoy humillado será exaltado a la vuelta, no de un milagro sino de un esfuerzo decidido por superarse, es un recorderis que se clavó en lo hondo de los corazones y de la vivencia de actualidad que mañana ya será pasado.
Lo que sobrevino a muchos de los actores del Mundial fue el gol olímpico que se les metió a reconocidos ídolos del fútbol. Quiero decir: el derrumbe de su engreimiento. Vanidad de vanidades y todo vanidad. Los famosos, esos ídolos de barro que crea la fama (y que son impuestos por el dinero, la publicidad y hasta los manejos non sanctos que han pervertido la nobleza del deporte) se derrumban y se vuelven despojos ante las miradas de sus adoradores. Toda gloria es pasajera. "Sic transit gloria mundi ".
Por lo demás, digamos que después de las sorpresas que se dieron en este Mundial: lo que le pasó a la selección de Brasil; las gratas revelaciones que quienes, como Colombia, logramos tanto de qué gloriarnos; los cantos de triunfo y los llantos de derrota; lo bueno, lo malo y lo feo del evento, a la postre hay que esperar, o vaticinar mejor, que el próximo Mundial, si es que se da, (porque es la Historia, con mayúscula, la que dice la última palabra) va a tener que ser muy distinto. Ojalá no hayamos asistido sino a la final del Mundial, no al fin del fútbol, o de los mundiales de fútbol. Que tal sea mi responso para esta pasión insepulta. Y a la larga, inútil.