Retos para América Latina en el 2009
Al aproximarse la conmemoración del Bicentenario de la Independencia, las naciones hispanoamericanas enfrentan retos económicos de tipo coyuntural relacionados con las secuelas de la recesión mundial. El impacto de la crisis externa sobre cada país estará condicionado, entre otros factores, por su estructura productiva y la diversificación de su sector externo, pero sobre todo por la calidad de su manejo macroeconómico. Habida cuenta del pésimo nivel cualitativo de sus políticas públicas, Argentina, Venezuela y Ecuador experimentarán con particular intensidad las consecuencias de su vulnerabilidad a un entorno internacional adverso.
Durante este año se pondrá de presente la diferencia entre el desempeño de los países de la región en función de temas tales como la estatización o la economía de mercado, la mayor o menor voluntad de competir en los mercados mundiales y la idoneidad de los respectivos cuadros técnicos del Estado.
Desde una perspectiva de más largo plazo, la diferencia relevante es la dirección en la cual parecen encaminarse Brasil, Chile y Uruguay, y el rumbo que lleva un grupo de países conformado por Venezuela, Argentina y Cuba, entre otros. Esa diferencia no se presta a las categorías simplistas que suministran los rótulos convencionales de izquierda y derecha.
El segundo grupo, que reclama para sí la vocería y el liderazgo de la izquierda latinoamericana, incluye a regímenes con rasgos ideológicos heterogéneos. El peronismo, por ejemplo, surgió como una copia improvisada del fascismo italiano. Ese es el origen de características tales como la figura del líder iluminado, la exaltación del nacionalismo beligerante y la utilización política de la violencia. La retórica radical de Néstor Kirchner sirve para disimular un esquema personalista de arbitrariedad gubernamental que redunda en cuantiosos beneficios para su familia y para sus amigos políticos.
El régimen gerontocrático cubano, a su turno, es una mala copia de la desaparecida República Democrática Popular Alemana que, como afirmaba Willy Brandt, ni era democrática ni era popular. Hugo Chávez ha establecido, bajo el calificativo socialista, una versión contemporánea de las dictaduras agropecuarias venezolanas del siglo pasado, que recuerdan a Cipriano Castro y a Juan Vicente Gómez. La configuración política de la Revolución Bolivariana es una mezcla de resentimiento social, populismo y anti-americanismo visceral al servicio de la lujuria de poder de Chávez, respaldada en los sistemas cubanos de hegemonía informativa y represión policial. En Nicaragua, a nombre del sandinismo, Daniel Ortega ha instaurado un régimen cleptocrático.
Estas diferentes formas de gobierno están unidas por una topología común, así se manifieste con variantes: el caudillismo. La variante cubana del caudillismo es vitalicia y dinástica. La variante argentina incluye la argucia legalista de la rotación del mando entre cónyuges. La venezolana combina ribetes militaristas con la intimidación y el fraude electoral. En todas las modalidades del caudillismo latinoamericano, sin excepción, el libido imperandi de un hombre fuerte termina sobreponiéndose al interés nacional. El sometimiento a la voluntad del caudillo perpetúa el subdesarrollo.
La modernidad, como forma de gobierno, consiste en el respeto a las instituciones, la separación de poderes, la racionalidad en la toma de decisiones y el imperio de la ley. Estos conceptos son incompatibles con el caudillismo. Por definición, el caudillismo es el rechazo a la modernidad.
Los gobiernos latinoamericanos que logren encaminar a sus respectivos países por el sendero de la modernidad estarán dirigidos por estadistas democráticos. La orientación política de esos gobiernos bien puede ser de centro-izquierda o de centro-derecha. En cambio, los gobiernos que se aventuren por el atajo del caudillismo estarán condenando a sus países a la involución política, al desmantelamiento institucional y al atraso económico.