Río lo invita a las favelas
RÍO DE JANEIRO suma a sus atractivos turísticos una oferta rompedora: la visita a las favelas. Si antes el visitante huía del peligro de estos barrios, ahora los visitan con avidez.
A Río de Janeiro ha sumado a su oferta turística sus favelas que a diario reciben decenas de visitantes de distintas nacionalidades para ver sobre el terreno la miseria que rodea estas barriadas, muchas de ellas controladas por bandas de narcotraficantes.
Pero más allá del morbo, estos barrios humildes, enclavados en los cerros que se levantan por toda la ciudad, ofrecen desde sus cimas vistas espectaculares de las doradas playas cariocas y de la bahía de Guanabara.
Es el caso de Vidigal, una favela cercana a las zonas acomodadas de Ipanema y Leblón, donde decenas de motociclistas, conocidos por su temeraria conducción, aguardan al turista en una plazoleta de aspecto desolador para trasladarlo en cuestión de minutos a lo alto de la colina por apenas 1,5 dólares.
En ese punto se inicia un sendero repleto de arbustos que en ocasiones impiden transitar con comodidad y que concluye en la cúspide del cerro, desde donde se contempla un místico atardecer de la Cidade Maravilhosa.
Rutas organizadas
Han surgido agencias que organizan paseos por la vecina Rocinha, la mayor favela de la ciudad, donde la policía irrumpió en abril pasado para arrestar a los jefes de una de las mayores bandas de Río.
En internet, multitud de iniciativas de este tipo prometen por unos 40 dólares "sumergirse en la cultura de una comunidad carente", bailar al ritmo sensual y trepidante del funk carioca y fotografiar una apocalíptica estampa conformada por sinuosos callejones y hacinadas viviendas levantadas con adobe.
Un escenario similar se encuentra en la favela de Dona Marta, tomada por las fuerzas policiales en noviembre de 2008, que recibe al turista con un mapa en el que se detallan los puntos de interés que se pueden descubrir al adentrarse en sus callejones.
Un animado ritmo de samba alegra el oído de un reducido grupo de turistas franceses, que se acercan a una pequeña plaza en la que ensaya la batería de la escuela Mocidade Unida de Santa Marta.
Dona Marta, fortín de narcotraficantes en el pasado, alcanzó la fama en 1996 después de que Michael Jackson filmase en sus estrechas callejuelas el videoclip They don't care about us.
La visita de Jackson, convertida desde entonces en una referencia, se inmortalizó al erigirse una estatua del cantante y un colorido retrato de su rostro, un conjunto considerado como el principal atractivo de Dona Marta. A su pie se sientan los turista a tomar caipirinha.