Histórico

Ritmo que suena en diferentes historias

LA CIUDAD TIENE sus propios músicos. Unos profesionales, otros más callejeros. Todos con un amor, a su manera, por esa que suena. Una que les da para vivir, para soñar y para enamorarse, también.

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29 de junio de 2010

La música se mueve en Medellín. Viaja en bus, se pasea por las universidades, en los bares, en parques donde algún músico decide cantarle a los árboles, o a las parejas.

La música se escucha en el rebusque, en lo profesional, en un Congreso Iberoamericano, pero sobre todo, en esos que no pueden vivir sin ella.

Cuando Néstor Gómez estaba pequeño, desempacar regalos en Navidad era encontrarse con algún instrumento. "Creo que fue una elección de la música hacia mí. Fue desde que nací, yo creo", cuenta él, quien es bajista y profesor en Bellas Artes.

Y fue a los diez años, más o menos, que en un aguinaldo llegaron unas congas y ahí la música sí que entró del todo, aunque después sería el piano y por fin, su instrumento: "En cualquier canción que escuchaba lo que sentía en primer plano era el sonido del bajo", dice Néstor.

Aunque, eso sí, aclara, todo es un complemento. El piano le dio el sentido armónico y las congas el rítmico. Y la música, espiritualidad. "Es matemática en algún momento, pero cuando estás tocando, ya deja de serlo y se vuelve una interacción con los músicos, las emociones, los sentimientos. Son momentos muy espontáneos y especiales, que son indescriptibles, únicos".

A eso, Néstor le llama magia, tanto como podría ser la primera guitarra eléctrica de David Ortega, estudiante de música. La tiene guardada, y tal vez para siempre. "Es por el recuerdo, fue con la primera que hice un toque. La tuve cuatro años y tiene un valor emocional muy grande".

Para él, la música lo es todo. Tal vez tiene mucho que ver haber escuchado a su papá en la guitarra, desde muy pequeño. A veces, incluso, toca con ella, la de toda la vida. Y aunque en algún momento pensó que podía ser solo un hobby, se dio cuenta de que no, de que es su pasión, y una que tiene mucho trabajo. Más de lo que se cree.

Al ritmo de las ruedas
Está sentado en el parador del bus. Ahí, abrazado a la guitarra. Espera el turno. Tienen que pasar siete personas más para poder montarse al bus.

Wilmar Johan Quevedo es un músico que canta en los buses desde hace cuatro años, cuando se salió de la empresa donde trabajaba, porque se sentía frustrado. "Allá no podía tocar guitarra y mi mente y mi corazón no se sentían bien", expresa.

Por eso decidió seguir en la música y con su guitarra, sin importar si era en un bus o en un restaurante. Para él, la diferencia no existe. Son escenarios, los dos. "En todos hay gente que te escucha", aunque, por supuesto, en el bus es difícil por eso del movimiento, el pare aquí y allá, y el esquivar a las personas. Por eso canta donde se pueda. Con un amigo, al medio día, es la hora de los restaurantes.

Por ahora no le interesa conseguir otro trabajo, porque le gusta la "vida bohemia". Cuando quiere se va y viaja y vive a punta de su guitarra. Es más, acaba de llegar de un viaje por Santa Marta y La Guajira, de unos nueve meses. Estará un tiempo en Medellín, que según cuenta es una buena plaza para trabajar en el bus. "De diez, siete conductores te dan permiso". Sin embargo, se irá de nuevo, a cantar a otros lugares. Lo tiene claro, así como que más que ganar dinero, lo que hace es regalar canciones.

Para Wilmar, la música "es algo que nace con vos. Es lo que me ha gustado desde siempre". Y por eso, tal vez, no deja su guitarra y quiere ser mejor cada vez. "En la calle vos te encontrás gente muy tesa y uno no puede estar por debajo".

La música suena en Medellín. Suena con un amor indescriptible. Con eso de querer que acompañe por toda la vida. Suena, para que el corazón pueda bailar.