Histórico

Ruina y miedo agobian al barrio Mandalay, del municipio de Caldas

29 de marzo de 2009

Cuando uno cree que no hay mucho más qué decir, periodísticamente, sobre la tragedia de Caldas, se da cuenta de que puede ser al revés: tal vez está todo por contar.

Ayer íbamos con la misión de cubrir la jornada de recepción de ayudas en el parque del pueblo y así lo hicimos, pero ¡claro!, había que subir a la zona de la desgracia, en el barrio Mandalay, donde el jueves se creció la quebrada La Chuscala inundando 800 casas, destruyendo otras 30 y dejando 30 en alto riesgo con la obligación de ser desalojadas.

La verdad, vimos que falta mucho por narrar sobre este desastre, que aunque en parte era previsible, nunca en el barrio se imaginaron que sería de tales dimensiones.

"Se lo digo con franqueza, temíamos que esto pasara porque en la parte alta hay inestabilidad y mal tratamiento de la quebrada, donde tiran hasta llantas, pero esto nos desbordó, no creíamos que sería tan grande".

Las palabras son de María Cruz, una señora que vive hace cuatro décadas en la zona y ha sido partícipe del progreso y las penurias de su pueblo. Ella vio el inicio del acueducto comunal, construido y pagado con el esfuerzo de cada clan familiar y, al decir de Fabio Uribe, un líder, "ha tenido fama de ser de los mejores de Antioquia, aún sin ser de EPM".

Pero La Chuscala no miró esos "detallitos". No se fijó que tumbando los tanques y dañando los filtros del acueducto echaría al traste con una obra de 35 años. No observó que miles de personas tendrían que hacer filas hasta de tres horas por varios días para llenar un balde con agua, como está ocurriendo, ni consideró que bajando con su fuerza descomunal por el barrio arrasaría con tantos patrimonios familiares.

Todo perdido
Y es que La Chuscala sembró ruina. Son cientos las casas en las que se perdió todo o casi todo: neveras, televisores, estufas, lavadoras, camas, colchones, la ropa de toda la familia, los mercados y quién sabe si ahorritos.

"Yo le digo, me parte el alma ver la casa de mi amiga vuelta miseria, a ella no se le salvó nada", apuntaba Aura Cano frente a la primera casa del barrio, cuya familia tuvo que desalojar de inmediato sin rescatar ni un trapo.

El drama es tan duro, que hasta los niños más pequeños lo sintieron. Y así suene a nimiedad en medio de tanto tragedia, Alejandra Tirado, de seis años, contó cómo vivió el desastre: "lloré y gritaba mucho, no me quería morir, pero se me murieron mis pollitos Isabela, Lola y Esperanza y mi conejo Luna, que me lo dio la tía". En su casa también se perdieron dos freidoras con las que su madre, Marcela, se ganaba la vida; la nevera y la lavadora.

Ayer se hacía un sancocho comunal mientras montaña arriba, en la zona del acueducto, cuadrillas talaban árboles y limpiaban la cañada.

Hay represamientos que, en caso de un aguacero, podrían desatar desgracias, advertían los parroquianos. Esperemos que no, que la naturaleza ponga un granito para que la crisis se supere.