Histórico

Salas de desesperanza en urgencias

Los principales servicios de urgencias en Medellín están colapsados. Los pacientes se desesperan.

Loading...
03 de agosto de 2014

Es cierto que para recibir atención inmediata hay que estar en agonía. Por definición, los servicios de urgencias están hechos para atender situaciones que en un máximo de dos horas comprometen la vida o la funcionalidad. Pero también es verdad que ver sufrir a quienes esperan por horas esa atención —que si bien no están a punto de morir necesitan acudir al médico— también duele.

Afuera suena la sirena de una ambulancia cuando se abre por un momento la puerta del Área Roja de Policlínica, las urgencias del San Vicente Fundación, uno de los hospitales que mayor demanda tienen en la ciudad. En lo que duran separadas las alas batientes para que pase un paciente en camilla se ven al fondo seis más tendidos en paralelo, un enfermero y un soldado que espera con los brazos cruzados. La puerta se cierra y un policía asume posición vigilante.

A una distancia prudente, mirando la puerta, esperan acompañantes, algunos con maletines o bolsas con ropa de cambio. A un costado 27 sillas rodean un televisor encendido en una telenovela de las de la noche. Gente que espera, con algunos puestos vacíos, una mujer con tapabocas, otra embarazada, un hombre mayor que sostiene un tanque de oxígeno. Otras 12 sillas que dan a taquillas cerradas están vacías.

Las caras parecen repetirse en otra sala semejante, en la Unidad de Atención al Usuario. Una joven tiene puesto un suéter y una bufanda a pesar de que hace calor y una señora parece dormida sobre su brazo apoyado en la silla que permanece vacía enfrente suyo. También se repiten allí la espera y el silencio, solo interrumpido por la queja estridente de un anciano en silla de ruedas que mira a todas partes con ojos perdidos.

—¿Señora, lleva mucho aquí esperando?

—Uf... Hay un solo médico para toda esta gente— anota.

Han pasado 20 minutos cuando el doctor llama desde la puerta del consultorio a Fabiola Villegas. El señor en la silla de ruedas vuelva a soltar un gemido de esos que asustan.

—Ojalá lo atiendan después de ella —se oye comentar.

John Noreña, un joven que no puede contener las lágrimas, entra a la sala y se sienta. No se queda quieto en la silla; no lo deja el dolor en el antebrazo izquierdo y por más que intenta no sabe donde descargar el peso de la extremidad que mantiene rígida a un costado.

Apretando los dientes, cuenta que se accidentó en su moto. No tiene raspones, pero el golpe parece una fractura.

—Por no atropellar a alguien me pegué del freno delantero y me caí —cuenta.

Noreña no se aguanta sentado. Se levanta y camina con dificultad por la sala. Su mamá, lo acompaña un paso detrás. Van hasta un teléfono público en un costado, con la mano derecha, el joven levanta el auricular y marca.

Frente a la sala de yesos, otro paciente en silla de ruedas espera hace media hora.

La mujer que salió del consultorio, cuenta que llevaba desde las 10 de la mañana allí y que por fin se va a la casa.

Como despedida, la acompañante de otra paciente le descarga su pesar acumulado.

—Es una falta de respeto. Llevo desde las tres y media aquí y no se ve que llamen a nadie. Somos los mismos, practicamente. No la han querido atender y eso que tiene varias operaciones: tiene una válvula en el corazón y marcapasos.

Cuenta que han visitado varios centros asistenciales y el único médico que la vió le recomendó ir allí para que la trataran porque tenía una infección urinaria avanzada.

En fin, Fabiola ya se va a casa. Es una mujer mayor, con cabello canoso. No se ve mal, por lo menos en apariencia.

En media hora que Noreña lleva esperando no se ha quedado quieto. Un médico sale y lo escucha suplicar. Le dijo que antes atenderá a un niño. Deberá esperar un rato más

Es cierto que para recibir atención inmediata hay que estar en agonía. Por definición, los servicios de urgencias están hechos para atender situaciones que en un máximo de dos horas comprometen la vida o la funcionalidad. Pero también es verdad que ver sufrir a quienes esperan por horas esa atención —que si bien no están a punto de morir necesitan acudir al médico— también duele.

Afuera suena la sirena de una ambulancia cuando se abre por un momento la puerta del Área Roja de Policlínica, las urgencias del San Vicente Fundación, uno de los hospitales que mayor demanda tienen en la ciudad. En lo que duran separadas las alas batientes para que pase un paciente en camilla se ven al fondo seis más tendidos en paralelo, un enfermero y un soldado que espera con los brazos cruzados. La puerta se cierra y un policía asume posición vigilante.

A una distancia prudente, mirando la puerta, esperan acompañantes, algunos con maletines o bolsas plásticas con ropa de cambio. A un costadado 27 sillas rodean un televisor encendido en una telenovela de las de la noche. Gente que espera, con algunos puestos vacíos, una mujer con tapabocas, otra embarazada, un hombre mayor que sostiene un tanque de oxígeno. Otras 12 sillas que dan a taquillas cerradas permanecen vacías.

Las caras parecen repetirse en otra sala semejante, en la Unidad de Atención al Usuario. Una joven tiene puesto un suéter y una bufanda a pesar de que hace calor y una señora parece dormida sobre su brazo apoyado en la silla que permanece vacía enfrente suyo. También se repiten allí la espera y el silencio, solo interrumpido por la queja estridente de un anciano en silla de ruedas que mira a todas partes con ojos perdidos.

—¿Señora, lleva mucho aquí esperando?

—Uf... Hay un solo médico para toda esta gente— anota.

Han pasado 20 minutos cuando el doctor llama desde la puerta del consultorio a Fabiola Villegas. El señor en la silla de ruedas vuelva a soltar un gemido de esos que asustan.

—Ojalá lo atiendan después de ella —se oye comentar.

John Noreña, un joven que no puede contener las lágrimas, entra a la sala y se sienta. No se puede quedar quieto en la silla; no lo deja el dolor en el antebrazo izquierdo y por más que intenta no sabe donde descargar el peso de la extremidad que mantiene rígida a un costado.

Apretando los dientes por momentos, cuenta que se accidentó en su moto. No tiene raspones, pero el golpe parece una fractura.

—Por no atropellar a alguien me pegué del freno delantero y me caí —cuenta.

Noreña no se aguanta sentado. Se levanta y camina con dificultad por la sala. Su mamá, lo acompaña un paso detrás. Van hasta un teléfono público que hay en un costado, con la mano derecha, el joven levanta el auricular y marca con la mano derecha.

Frente a la sala de yesos, otro paciente en silla de ruedas espera hace media hora.

La mujer que salió del consultorio, cuenta que llevaba desde las 10 de la mañana allí. Explica que por fin se va a la casa.

Como despedida, la acompañante de otra paciente le descarga su pesar acumulado.

—Esto es una falta de respeto. Yo llevo desde las tres y media aquí y no se ve que llamen a nadie. Somos los mismos, practicamente. No la han querido atender y eso que ya tiene varias operaciones: tiene una válvula en el corazón y marcapasos.

Cuenta que han visitado varios centros asistenciales y el único médico que la vió le recomendó ir allí para que la trataran porque tenía una infección urinaria avanzada.

En fin, Fabiola ya se va a casa. Es una mujer mayor, con cabello canoso. No se ve mal, por lo menos en apariencia.

En media hora que Noreña lleva esperando no se ha quedado quieto. Alguien le dijo que intentara doblar el brazo, como los inmovilizan en cabestrillo. El solo intento lo hizo gritar. Con su mamá, permanece cerca del ingreso a la sala de yesos, porque está convencido de que lo suyo es una fractura.

Un médico sale y lo escucha suplicar. Entra el paciente que ya esperaba en silla de ruedas.

El médico se retira. A Noreña le dijo que atenderán a un niño antes que él. Todavía tendrá que esperar un rato más