Santa Fe de Antioquia, clic
Candelaria es una viejita de 90 años que se sienta todas las tardes en el patio de cuatro corredores de su enorme caserón, en la Calle del Centro de Santa Fe de Antioquia, a ver pasar la brisa, a rumiar recuerdos y a alimentar los copetones que se meten debajo de la mecedora, sin miedo.
Ella sobrevive de las pulpas de tamarindo, los plátanos pasos y las conchas azucaradas de la toronja.
Candelaria, le preguntamos, cuéntenos de los espantos de esta ciudad. Ella lanza una sonora carcajada y dice: No le haga caso a eso mijo, tengo 90 años y nunca he visto uno. Eso eran los maridos de antes que se escapaban por las noches de sus hogares a buscar mujeres en el barrio alegre.
Santa Fe es una ciudad plena de recuerdos, de leyendas, de luces y de sombras.
Quien recorre sus vetustas calles se topa a cada paso con sorpresas sin fin.
Caserones enormes de patio en redondo, con frescos árboles de tamarindo, icacos y bienmesabes.
Un hablado cantadito que sorprende por su cadencia y alegría. Iglesias centenarias con los "pasos" de la Semana Santa envueltos en trapos con olor a alcanfor e incienso.
Pero cuando el transeúnte embelesado lleva una cámara en sus manos, el proceso emotivo se acelera a grado sumo.
Los faroles que se retratan en las paredes, las ramas exuberantes y coloridas de los curazaos, los alares que se reflejan en las paredes blancas y que forman nuevas ilusiones.
Una cámara en Santa Fe de Antioquia no para de disparar. Personajes de rostros austeros y añosos pegados a un enorme tabaco.
Bueyes que con el arriero y su perro, gastan las piedras de las calles para llevar su tradicional carga de frutos de la tierra.
Matrimonio indisoluble de sol y sombras que se aman en cada rincón de cada esquina.
Y si se sale por la noche, los faroles de luz mortecina y la luna que casi todos los días es llena piden a gritos que los miren con la potencia creativa de un buen fotógrafo.
Cada día en Santa Fe de Antioquia se toman fotografías, es obligatorio hacerlo.
Pero cuando detrás de la cámara se encuentre una mente privilegiada, que es capaz de engolosinarse y de mirar la belleza de las cosas con la renovada belleza del interior de un artista, Santa Fe se convierte en arte, en una nueva realidad de exuberante belleza.
Es el poder creativo de quien sabe percibir más allá del común y sabe ser Dios cuando crea nuevas realidades más bellas que la realidad misma.
Fotografiar a Santa Fe es hacerle al amor a la estética, porque los días y las noches cálidas de esta ciudad, encienden el alma de quien la comprende a plenitud.