Pedagogía del amor y enseñar a partir del otro
Como educadora y luego misionera, siempre se puso, con inteligencia, en el lugar de los demás.
Cuando Laura Montoya llegó a la escuela de Fredonia, como maestra, en 1896, le advirtieron que a la última profesora la habían echado las propias alumnas a punta de azotes. Era declaradamente liberal y se le había ocurrido prohibirles a las alumnas asistir a una marcha conservadora. “Llena de confianza en Dios emprendí la tarea de educar a aquellas fieras, así podían llamarse las alumnas. Comencé por ocultarles mi opinión política y les organicé ciertas prácticas piadosas, como único elemento capaz de vencer aquellos carácteres”, relata en su Autobiografía.
Y con esa inteligencia con la que siempre actuaba, aplicó la sicología y su particular sentido de la pedagogía para enseñar a los indígenas. Cuenta Nelson Augusto Restrepo Restrepo, autor del libro Madre Laura, mujer preclara y excelsa educadora, que Laura, como misionera, primero hizo una lectura de la selva, de cómo vivían esas comunidades y luego les enseñó a leer y a escribir; a conocer las manualidades y a cantar.
“Les compraba los plátanos en la plaza de mercado y empezó a hacer el diccionario con las palabras de su dialecto”. Cuando ganó su confianza, les transmitió eso que es el sello de la Madre Laura: el amor.
Su talante de maestra
“Ella como maestra implementó un modelo pedagógico que denominó de amor, reflexión e intercambio de conocimientos y experiencias. No atropelló con su estilo de educar”, cuenta Nelson, miembro del Centro de Historia de Jericó. La define como una “mujer aguerrida, polifacética, auténtica, habilidosa y carismática”.
Se había formado en la Normal Antioqueña con la pretensión siempre de ser maestra para ayudar a la difícil situación de su casa. Entre 1890 y 1893 fue distinguida como la mejor alumna.
“Se formó con profundidad y convicción para ser profesora y ejerció su oficio con mentalidad abierta, con amor hacia sus discípulos y con una sicología admirable para cautivar la atención y el interés de sus alumnos”. Se sabe que sus clases eran dinámicas, comprensivas, reflexivas, entusiastas y en ellas compartía su don espiritual, precisa Nelson, graduado de Comunicación Social, de la Universidad Cooperativa de Colombia, que publicó el libro de su autoría.
Ella hacía análisis profundos, en especial, del entorno, para hacer más fácil el aprendizaje. “Se basaba en ejemplos comunes y de la naturaleza de los cuales dejaba siempre reflexiones”.
Legado educativo
Escuelas en Amalfi, Fredonia, La Ceja, Marinilla, Santo Domingo y Dabeiba llevan su impronta. Pero, sin duda, es el Colegio de La Inmaculada, que codirigió con su prima Leonor Echavarría, donde “su estilo y pedagogía ha sido siempre una filosofía permanente”, remata Nelson.
Su tarea como educadora, nombrada por el Magisterio terminó cuando ella decidió dedicarle su vida a la labor evangelizadora con los indígenas. Fundó la primera escuela para indígenas en el mundo.
Cuenta la hermana Surama Ortiz, que ella decía que no había necesidad de tener a los alumnos en una escuela. “Nunca fue necesario sentarlos en un salón de clase. Para ella la escuela era el bohío o el lugar en el que se estuviera haciendo la misión y los alumnos no eran solo el niño y la niña sino toda la familia. Para ella, había que hacer de cada sitio una escuela”.
En una carta de 1917, enviada a Carlos Villegas, comisionado Especial de Occidente y protector de los indios, de Frontino, reflexiona: “No falta quienes piensan que la catequización, debe principiarse por hacer que los indios, boten la paruma, para vestirse de pantalón; que olviden su lengua primitiva, para reemplazarla por la castellana; que destruyan sus bohíos y se alojen en casa; que les arranquen con la fuerza del mandato o con la disciplina marcial, sus tradiciones y costumbres seculares, para que adopten los que ven con horror en aquellos que, con más o menos responsabilidad o quizás inconscientemente, han causado la casi total ruina de su raza.
Esto, sobre imposible, ¡es cruel! ¿Quién no ama su lengua? ¿Quién no quiere las tradiciones de sus antepasados como a pedazos de su mismo corazón? ¿Que colombiano que se halle en Turquía, aunque su expatriación date de larga fecha, si ve de improviso un pantalón, una levita o una ruana que sea, no exclama como fuera de sí: ¡el vestido de mi tierra! Y quizá las lagrimas humedezcan aquellos objetos, cual si se tratara de ver un ser amado después de larga ausencia? Estos sentimientos son humanos y altamente humanos y ningún corazón de hombre deja de tenerlos, a menos de ser una anormalidad de la raza humana”.
Los indígenas fueron siempre su inspiración, los llamada “su llaga”. Ella iba a “aprender, de ninguna manera a imponer. Era consciente de que llevaba un mensaje pero sabía que los indígenas también le podían enseñar. Por eso, la pedagogía es a partir del otro”, concluye la Hermana Ayda Orobio.