Recuerdos de ayer y de hoy que transforman la vida
Pocos, como la hermana Estefanía Martínez, tuvieron la dicha de compartir con la Madre Laura. Otros lo hicieron de niños o por suerte.
La amistad de María Velilla, su mamá y de su tía Alicia Velilla, que había comenzado desde cuando fueron alumnas de la señorita Laura Montoya en el Colegio La Inmaculada, le permitió a la hermana Estefanía Martínez Velilla conocer a la Madre Laura desde su infancia. “Mi mamá me invitaba a visitar a la señorita Laura a Santa Fe de Antioquia, cuando ella venía de la selva a hacer sus diligencias, y ella me traía fruticas, tamarindos y corozos grandes”, recuerda la hermana.
Sin saberlo, ese sería el primer acercamiento a la beata y fundadora de la congregación donde lleva más de 70 años, donde se ganó la confianza de la Madre Laura, al punto de ser la elegida para llevar el diario de la fundadora durante sus tres últimos meses de vida y tras una dura agonía. “A ella le dio linfatitis, una especie de inflamación y ruptura de los conductos linfáticos. La piel se le puso primero muy brillante, luego le salieron como una especie de ronchas y luego le quedó la piel en carne viva”, recuerda con tristeza.
Estefanía está llena de vívidos recuerdos que se remontan a las selvas antioqueñas donde a pesar de las dificultades mantenían el ánimo arriba y cantaban diariamente. “Laura no sabía cantar pero siempre nos decía que debíamos cantarle al Señor acompasada o desacompasadamente. Si los pajaritos están cantando al amanecer alabando al Señor, cómo no vamos a imitarlos. Al principio cantábamos en latín el Salmo 62”, y sin titubear cantó una estrofa.
A sus 90 años de edad, con casi 20 libros escritos, una impecable memoria que le permite manejar el archivo de la congregación a la perfección, la hermana Estefanía confiesa: “Ojalá yo le diera a los tobillos en picardía, amabilidad, ese modo de hablar tan expresivo y lindo. Era la primera que salía a las excursiones, a mula o a pie, muchas veces estuvo caída de la mula, pero nada la detuvo”.
Ni siquiera la silla de ruedas que debió usar durante los últimos años de su vida. “Antes de sentarse al escritorio a escribir, iba a dar la vuelta por toda la casa, que era de un solo piso en ese momento y que en vez de escalas tenía rampas. Iba a la cocina, a la ropería, la lavandería, la imprenta y miraba el trabajo hecho; veía cómo estaban remendando la ropa, animaba a las hermanas, se reía con ellas y de ellas, una burla amable, cariñosa y después se sentaba a trabajar”.
Claro tiene también en sus recuerdos, la relación de la Madre Laura con monseñor Miguel Ángel Builes, quien ahora se encuentra en proceso de canonización. Antes de referir los hechos aclara, de manera perentoria, que monseñor Builes no echó a la Madre Laura de San Pedro de los Milagros, sino que fue ella la que se voló. “El es un hombre muy valioso, un hombre que hizo mucho, fundador de varias comunidades religiosas”, explica mientras saca del archivo el libro que ella escribió sobre estos dos fundadores tras recopilar sus misivas. “Este libro tiene tres partes: la primera, Cordiales relaciones, la segunda, Conflicto entre fundadores, y la tercera, Juntos a la Gloria”, acota la hermana Estefanía. Un texto de consulta en el que se explican los hechos.
Solo una persona visionaria podría lograr lo que Laura Montoya Upegui hizo por su comunidad de misioneras, incluyendo la adquisición de la tierra que hoy ocupan el santuario, la iglesia, el noviciado y la casa general. “La finca, que tenía una capillita, costó 20.000 pesos, una fortuna en esa época. Ciertamente hacíamos milagros para subsistir, y no lo digo en charla”.
Maruja, Nelly y Gabriela Lince también tuvieron la fortuna de conocer a la Madre Laura. “La conocimos en el Santuario en Belencito, a donde íbamos con frecuencia a llevarles cositas para los indígenas”, explica Maruja, a quien la Madre llamaba Malula cariñosamente. Expertas en culinaria y bordados elaboraron muchas prendas para contribuir con la obra.
Tras buscar entre sus objetos personales nos enseña la foto que le tomó un día, en el momento en que la Madre descendía de un auto, a la entrada del santuario.
“Ella era grande y bastante robusta”, recuerda Gabriela, la menor de las hermanas. “Pero era muy querida y nos saludaba con gran especialidad. Siempre la hemos tenido muy presente en nuestras vidas y ahora más que nunca sabiéndola nuestra primera santa colombiana”.
Aunque el periodista, escritor y poeta Óscar Hernández Monsalve no conoció a la Madre Laura, tuvo el privilegio de nacer en la casa que ella ocupó en Medellín. “Yo lo supe años más tarde, cuando la Madre empezó a ser famosa por sus obras y mi mamá me contó”, recuerda. Explica que era una casa grande, de tres habitaciones y techos muy altos, que estaba ubicada en la carrera Villa con Maturín, y que hace un año y medio derribaron para construir un edificio.
Saberse nacido en casa de una santa le produce “ciertos compromisos en la vida”, agrega Óscar mientras recuerda la vida fenomenal de esta mujer a quien define como una guerrera.
Como periodista viajó varias veces a Urabá para conocer la obra. “Me tocó conocer la ramada que usó la Madre como primera sede en Dabeiba, era con techo de paja a una sola agua, contigua a la iglesia”.
Con la experiencia de su ejercicio en el campo de las letras, Óscar Hernández se refiere entonces a la Laura escritora. “Era una escritora de verdad, de lo mejor que ha habido. Como narradora es fabulosa, ojalá uno escribiera la mitad de lo que escribía ella. Su Autobiografía es un clásico, hay que leerla”, puntualiza.
Precisamente a través de su obra y las entrevistas con parientes, fue como Nelson Augusto Restrepo, exsecretario de Cultura y Turismo, y miembro de la Academia de Historia de Jericó, presenta otra faceta de la Madre Laura. Lo hace a través del libro Laura Montoya, mujer preclara y excelsa educadora, Premio Cipa como mejor trabajo de grado del Departamento, en 2005.
Entre las muchas facetas que describe, recuerda cuando la Madre Laura regresó a su tierra natal, en 1909, después de 35 años, “cuando Jericó era departamento ( 1908-1911). Vino a visitar y besar la pila bautismal, ‘primera experiencia divina’. Habían pasado 35 años, sin embargo, ella mantuvo permanente relación con Jericó a través de las misivas que intercambió con el obispo Francisco Cristóbal Toro”, gran colaborador de la congregación de las Lauritas.