SE HACE CAMINO AL ANDAR (II)
En mi anterior columna, la referencia obligada a la pesadilla del edificio Space me distrajo las percepciones que quería compartir sobre mi experiencia del Camino de Santiago, en el noroccidente de España. Abuso de mis lectores para antojarlos con algunas ideas que quedaron en el tintero.
Para quien no lo ha hecho, ese camino es impredecible, como la vida. Uno no sabe cuándo tendrá que subir o bajar. No hay anticipación, todo paso es novedad. Cada tramo es un reto con distintas exigencias de geografía, clima, estados de ánimo y condiciones físicas.
Uno de los grandes privilegios de este periplo es compartir con gentes de tantas nacionalidades. El camino es un río de lenguas y culturas. Al paso, cada quien te dice con su acento, pero siempre en lengua castellana: "buen camino", deseo y voz que ponen marco a esa escena de caminantes.
Y en muchos de los albergues la experiencia de la noche es la de compartir habitaciones de cuarenta camas con personas de diferentes países, que sueñan y hablan, mientras duermen, en húngaro, alemán, inglés, francés, gallego, portugués, etc.
Poco a poco, íbamos dejando en cada parada lo que estaba de más en el morral. Así construíamos un fuerte aprendizaje para la vida: que hay que ir ligero de equipaje. Es que uno guarda muchas cosas en el zarzo y la cabeza, acumula ideas y trebejos que pesan, ponen zancadilla y amarran los pasos. Y no es poca la sabiduría que necesita para desatar esos gruesos cordeles. En el diario vivir se le vuelven asuntos cotidianos. Aunque pesen, se acostumbra a llevarlos.
Otro aprendizaje fue aceptar nuestros límites, porque la arrogancia nos hace creer que somos inquebrantables. A tramos, era preciso hacer una tregua para coger brío y acordarnos de que somos carne y hueso. La vida moderna nos lleva a un umbral de confort y comodidad que no pone a prueba nuestras debilidades y frustraciones.
Allí entiende uno que caminar es, como escribía Fernando González, "un tic tac, un mantra que nos vuelve sobre nosotros mismos". Mientras caminábamos se iba desnudando ese que en la vida cotidiana puede ser para nosotros lo más extraño: uno mismo.
Por eso, de vez en cuando, vale la pena hacer un camino, físico o mental. Ojalá sean las dos cosas, pisando la tierra, y no el asfalto, para tener conexión con el origen, con la cuna. Y llegar a lo que sólo es posible mentalmente: deshacer pasos. Hay pasos del transcurso de nuestras vidas que es preciso deshacer, y sólo el ejercicio inteligente puede lograrlo.
Pero para hacer el camino no es necesario acudir al que lleva a Santiago de Compostela. Cualquier geografía, y mejor que sea la propia, puede ser la escena de ese pretexto para volver sobre uno mismo.