SE RECIBEN PAQUETES
Si mandar paquetes con ciertos viajeros fuera un deporte olímpico, los colombianos nos ganaríamos todas las medallas de oro.
Aquí uno no ha terminado de anunciar el viaje cuando ya aparecen los solicitantes: el primo, el cuñado, la tía, el sobrino, la vecina, el amigo, el profesor, el compañero de trabajo. Incluso llegan algunos advenedizos: el yerno de la tía, el sicólogo del compañero de trabajo, la suegra del cuñado.
Y nos endosan los envoltorios más incómodos: vasijas de barro, camarones encocados, mermelada de borojó, harina de maíz, postre de natas bogotano, tamales tolimenses, bocachicos congelados, moldes de patacón, bocadillos veleños, hamacas sampuesanas, cucharas de totumo, chinchorros guajiros, quesadillas huilenses, queso costeño, butifarras soledeñas, café quindiano, frijoles antioqueños.
Transportar la carga supone asumir ciertos riesgos que, casi siempre, tienen sin cuidado a los remitentes: los camarones podrían descomponerse, la vasija podría quebrarse, el suero del queso podría regarse, la harina podría convertirnos en sospechosos de narcotráfico.
Si nunca has trasteado un paquete de esos, no eres colombiano. O sí, pero entonces eres un magnate que tiene casa en Palm Beach y surca el mar Egeo en su propio yate.
Y si nunca has sido tú el destinatario del paquete, tendrías que empezar a preocuparte. Algo has hecho mal cuando ningún ser querido se ha dignado enviarte cinco bagres secos para que te prepares un salpicón allá en París, ni una cajita de chocolatinas Jet para que endulces tus tardes allá en Berna. (Porque aquí entre nos, mijito, esos tales suizos desabridos seguramente no saben hacer chocolates).
Enviamos estas encomiendas porque somos dadivosos, sentimentales, pintorescos, conchudos, patrioteros. Aceptamos llevarlas casi por las mismas razones, y porque también somos serviciales, insensatos, compasivos.
La persona que hoy se presta para transportar dos pares de gaitas sanjacinteras desde Barranquilla hasta Atlanta quizá necesitará más adelante que alguien le lleve tres kilos de café orgánico desde la Mesa de los Santos hasta Vancouver.
Importunamos, nos importunan. En esta Colombia de compinches capaces de enviar lo que en principio parecería que no puede enviarse, cualquiera compra, cualquiera envuelve, cualquiera carga, cualquiera viaja, cualquiera acarrea, cualquiera recibe, cualquiera es el descarado, cualquiera el solidario.
Mandar un sancocho de mondongo a través de una empresa de mensajería es carísimo cuando no imposible. Comprar un tiquete aéreo solo para llevárselo a nuestros parientes es gastar más dinero en el balde que en la vaca. Para eso están, entonces, los viajeros.
Encuentro muy humano un país en el cual, a riesgo de despertar un recelo mayor en los aeropuertos, la gente que puede viajar democratiza el espacio de sus maletas. Al hacerlo promovemos un tipo de exportación silenciosa que no deja huellas en la economía pero sí en los corazones.
Esos catorce bollos de mazorca que llevaremos mañana a Madrid no significan nada en el Producto Interno Bruto, pero le permiten al que está lejos reencontrar sus raíces, volver a su patio, estirar la mano para acariciarle el pelo a la tía cegatona que se los envolvió con tanto cariño.