Histórico

Se va la vida buscado el pan

90.000 FAMILIAS de Medellín viven en pobreza extrema. Sólo pueden pensar en conseguir la comida. El conflicto, una de sus causas.

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20 de agosto de 2011

Ensimismada en su angustia, María Eugenia Mosquera Rentería no escucha ya el murmullo de las aguas de la quebrada La Castro, a su paso por Esfuerzos de Paz, un barrio en el cual ella y sus demás habitantes, más que de paz, deben hacer esfuerzos, y muy grandes, de supervivencia.

Oriunda de Apartadó, esta mujer prieta fue a dar hace diez años a Nóvita, municipio chocoano situado a 132 kilómetros al Sur de Quibdó, bañado por el río Tamaná, por seguirle los pasos a su esposo, Manuel Concepción Murillo, hombre de campo que derivaba su sustento del corte de caña de azúcar en esa zona que lo vio nacer, crecer y llegar con mujer.

En Nóvita, la vida era sencilla "hasta que llegaron unos tipos a sembrar coca, nos amenazaron y tuvimos que coger para acá", cuenta sentada en el bordo de su cama, que es también la de su esposo y de los seis hijos.

Para oírle hablar no es preciso entrar a la habitación: de la puerta de entrada a ese cuarto hay menos de dos metros, los cuales ocupa un mullido sillón doble con el forro roto, el cual de día sirve para recibir visitas y de noche para que alguno de ellos se eche a dormir. La vivienda, techo de zinc, suelo de tierra y paredes de tablas, se complementa con el espacio de la cocina y el baño. La choza no es de su propiedad. Paga arriendo: 80 mil pesos mensuales.

Mientras su hermana, Claudia, de visita por estos días, sale a sentarse en una piedra situada a menos de un metro de la vivienda, María Eugenia cuenta que de la huida hace seis años. Por entonces, algunos hermanos de su esposo ocupaban estas laderas del oriente de Medellín, de modo que lo más sensato, pensaron, era llegar hasta aquí.

"Soy la única de la familia que viene a visitarlos", dice la hermana, desde la piedra.

Ésta es una de las 90 mil familias en pobreza extrema que, según la gerenta de Medellín Solidaria, Carmenza Barriga, hay en Medellín.

A la pobreza extrema pertenecen las familias que subexisten con menos de un dólar al día. Esta clasificación, usada por la ONU, es útil internacionalmente para medidas y comparaciones, explica Piedad Patricia Restrepo, directora de Medellín Cómo Vamos, entidad no gubernamental, integrada por EL COLOMBIANO, Eafit, Cámara de Comercio y las cajas de compensación familiar Comfama y Comfenalco. Pero como ese valor, un dólar, es variable, no sólo porque mantiene cambiando su precio, sino también porque es distinto lo que se puede comprar con él en todas partes. Por eso, resulta más claro usar la definición que sugiere Piedad Patricia: pobreza extrema es aquella situación de estrechez económica tan grande, que a quienes la padecen no les queda otra cosa que pensar en cómo conseguir la comida. Nada más. Absolutamente nada más. Ni modo de pensar en comprar una prenda de vestir ni un juguete.

Si María Eugenia contara con esa suma, un dólar, se sentiría dichosa. Cualquiera que sea la suma, pero constante. Su esposo, quien trabajaba cuando lo llamaban sus hermanos, pulidores de pisos, ganaba algún dinero esporádicamente. Pero, ya no se ve -al referirse a esto habla en pasado-, porque hace diez meses él sufrió un accidente que lo dejó discapacitado. Todavía no sale de la clínica.

Diez meses sin que ella pueda salir con otras mujeres de Esfuerzos de Paz, Chococito y otros barrios a hacer "recorridos". Recorridos llaman a las salidas, dos o tres veces por semana, a las plazas de mercado, la de Flórez, la Minorista, en procura de que les den frutas y legumbres que están a punto de perecer. "A veces me conseguía hasta huesos y panelas". Y en ocasiones, recorría algunos barrios y pedía ropa usada en las casas. "Una vez me dieron una cama".

Conflicto, motor de pobreza
María Eugenia no cuenta que apenas come, pero su cuerpo se encarga de revelarlo. Celebra que sus hijos acudan todos los días a la sede la Fundación Las Golondrinas, estudien y coman, como si ella se alimentara viéndolos bien. "Para mí, cualquier cosa", dice sonriendo con sus dientes incompletos.

"Estoy pendiente de un mercado que me darán en la Oficina de Atención a los Desplazados, pero van en el número 165 y yo tengo el 2.022. Ojalá me toque de aquí a diciembre"

En su casa, agua no pagan. Como todas las familias de extrema pobreza, se benefician del programa El Mínimo Vital de Agua, equivalente a 2,5 metros cúbicos al mes. "Esto reduce riesgos de enfermedad -indica la gerenta de Medellín Solidaria- porque no preparan alimentos con aguas recogidas".

En lo que coinciden las mujeres es en el consumo de electricidad. Con un recargo de 2.000 pesos a su tarjeta prepago, tienen energía por una semana. Esta suma se repite casi en todos los hogares: la vecina, Mary Yiced Mosquera, oriunda también de Nóvita, quien vive con sus dos hijos -"y ya sin marido, gracias a Dios"-, dice: "trabajo haciendo trenzas en el cabello; le doy 2.000 a otro vecino, que me pasa el cable, porque yo no tengo contador". En una de las paredes de su casa, de un clavo cuelga el secador.

El desplazamiento -es decir, el conflicto armado- es causa fuerte de pobreza extrema, señala la Directora de Medellín Cómo Vamos. Ella cree que, si bien es difícil lograr los objetivos de la Misión para el Empalme de las Series de Empleo, Pobreza y Desigualdad -Mesep-, entidad creada por el Gobierno Nacional y en la que participan el Dane, Planeación Nacional, Fedesarrollo, Banco Mundial, la Cepal y universidades, de bajarla a 1,5 por ciento, sí se logrará mitigarla.

La atención de Medellín Solidaria comienza con la expedición de registros civiles, cédulas y acceso al Sisbén. A partir de allí, programas integrales, que buscan generar el autosostenimiento de las familias, para no caer en el asistencialismo.

Carmenza dice que esas 45 mil familias tienen hasta recreación una vez al año. Les dan boletas para ir a un parque de diversiones. María Eugenia y sus hijos llevan años sin recreo. Y si les dieran boletas, no tendría con qué pagar los pasajes.

"Ya me hice operar", cuenta, refiriéndose a una cirugía de esterilización. "¿Ha pensado en regresar con su familia a Nóvita?", le pregunto. "No. Regresaría a Apartadó", responde. "Allá me tiene a mí", interviene la hermana, desde la piedra. "¿Usted allá vive mejor que María?". "Desde ahora me va a tocar trabajar; antes tenía marido".