Óscar Lizcano abre su libro
Las únicas noches que Óscar Tulio Lizcano tuvo dificultad para dormir, fueron las 84 en que su hijo menor, Juan Carlos, permaneció secuestrado por una disidencia del Epl, en 2006, en Quinchía, Risaralda.
El ex congresista llevaba entonces casi seis años en poder de las Farc y había aprendido a dormir en el piso, en carpas, sobre hojas caídas de árboles o plásticos. "Ponía la mente en blanco y, listo, a dormir", dice el hoy escapado de esa guerrilla, al explicar que lo angustió mucho lo sucedido a su hijo.
Más relajado, tras casi dos meses en libertad, Óscar Tulio Lizcano repasa su vida en el cautiverio y comparte su pensamiento sobre la guerrilla, el Gobierno y el conflicto armado, con EL COLOMBIANO.
De los más de ocho años que pasó secuestrado, tiene hoy muy claro que gracias a su inquietud intelectual y a su fe pudo superar el aislamiento de los guerrilleros que siempre lo custodiaron y las condiciones de cautiverio, que empeoraban con el paso de los días.
"Estaba solo, a las 20 unidades que asignaron para vigilarme, les tenían prohibido hablarme y la caleta mía estaba en el centro, alejada de las de los guerrilleros, y si me hablaban, los sancionaban con 40, 50 viajes de leña para la rancha. Solamente los comandantes podían hablar conmigo. Yo sí veía como unas miradas de lástima, pero nada más".
Esa situación lo llevó al muy conocido episodio de darles clases a unos troncos, a los que vestía con hojas de cuaderno marcadas con nombres de algunos estudiantes de las universidades Nacional y Autónoma Latinoamericana.
"Yo solo lavaba y cosía la ropa, no tenía ningún otro entretenimiento y tenía que buscar otro mecanismo para escapar de esa rutina, no tenía ya tantos libros, como me permitían antes del gobierno de Uribe. Me decidí, daba clases de Economía Política en la universidad, pero en el monte di clases de Historia y de Literatura, a los troncos. La primera vez que clavé los palos para sentir que eran los alumnos, entonces pasó un mando y me dijo: 'aquí no comemos de loco'. Al otro día preparé una clase sobre Bolívar. Como las caletas de los guerrilleros estaban cerca y ellos son bolivarianos, empecé a hablar duro y entonces vieron que yo no estaba loco".
Base inculta
El secuestro también le sirvió para tener una idea más clara sobre la formación de los guerrilleros.
"En la época del referendo todavía nos podíamos quedar en un campamento mucho tiempo. Ellos hacían lo que llamaban la escuela, donde hablaban dos horas diarias, leían los estatutos, hacían tareas. Y yo me tenía que quedar en mi caleta. Un día salió un comandante de la escuela, Merejo, de San Roque, muy formal, y me preguntó, don Óscar, ¿qué es el referendo, es una persona, es un señor, qué es eso? Y yo le expliqué que era un proceso de consulta popular.
Otra vez, hace por ahí dos años, un moreno que se llamaba Yofrey, enfermero, de Chocó, llegó a mi caleta después de un alegato en la escuela. 'Lizcano, tenemos una discusión, dígame: ¿el petróleo se siembra como el maíz y el fríjol?'
Yo creía que tenían una base política, pero después de conocerlos, vi que están en nada. Se pueden mostrar algunos comandantes, como Iván Márquez, Pablo Catatumbo, los del Secretariado, los comandantes de frente, pero ¿cómo construye uno un proyecto político, ideológico, sin una base formada académicamente?".
Y Lizcano aprovecha para reflexionar sobre otra de las grandes fallas que ve en las Farc.
"El país se ha venido formando una idea de las Farc los últimos años por estos secuestros, eso ha conmovido al mundo. Ver que hay gente que lleva dos, seis, ocho diez, once años secuestrada, no tiene ninguna explicación, ninguna justificación, eso lo que hizo fue unir al pueblo colombiano, como se vio en el caso de las marchas. Y el haber desaprovechado el Caguán fue mortal para las Farc. Y esto lo ha aprovechado el Gobierno para demostrar que tan inclementes, tan indolentes son las Farc. Ellos creyeron que les iba a salir muy bien esto del secuestro, del intercambio, pero, al contrario, los desgastó mucho".
Caguancitos y cerco
Los primeros dos años de cautiverio, entre 2000 y 2002, Óscar Tulio Lizcano permaneció en una zona que aunque no era igual en extensión a la zona del despeje del Caguán, en el sur del país, parecía tener las mismas condiciones.
"Ellos tenían otros caguancitos, yo lo viví. Entre Pereira y Chocó hay una carretera por la que ellos se movían con tranquilidad, estuve cerca de esa carretera, cerca de Tadó, y por allá me tocó un diciembre. Yo veía la carretera, pasaban los buses y veía los carros que ellos se robaban, que los pintaban como los del Ejército, y ellos montados en esos carros con su uniforme camuflado, sus armas, y había pasacalles que decían 'bienvenidos, los saluda las Farc'".
Pero al llegar Álvaro Uribe al poder y comenzar a aplicar su política de seguridad en todo el país, la situación para los guerrilleros y su rehén cambió.
"Mis condiciones empeoraron en el Gobierno de Uribe porque le tienen un odio visceral. Llegué a tener muchos libros, que me los cargaban los guerrilleros, pero después solo mantenía uno o dos, no más. En los últimos años empezó a escasear la comida, yo me vine a comer un huevo aquí. Eso implicaba movilizaciones de 27, 30 días, el hambre era grande, ya no podía permanecer más de dos noches en el mismo sitio, tenía dos mudas de ropa, una para cuando iba a dormir y la otra para el día, para marchar, ¿cuándo se iba a secar esa ropa?, lo más duro era tener que ponerme esa ropa húmeda a las cinco de la mañana, cuando me decían: 'cucho recójase'.
Estábamos siempre huyendo del Ejército y por eso nos manteníamos en el monte. Ellos no tumban un árbol para evitar ser vistos, por eso la luz es muy difícil de ver. En los últimos años solo vi dos veces el sol. Por eso lo único que me da duro en esta libertad es el sol, todavía me marea el sol.
La inteligencia del Ejército había avanzado mucho, sabían como me llamaban ellos, tenían intercepciones de comunicaciones, yo vine a darme cuenta después. Lo primero que le dije al Presidente cuando lo vi fue, 'ustedes me pusieron a aguantar hambre', y el me dijo: 'Bendito sea mi Dios'".
La libertad
Wilson Bueno Largo, conocido como "Isaza" en las Farc, ayudó a escapar a Lizcano, no por obra de la fortuna, sino por un lazo que los unía desde varios años atrás.
"A los pocos días de haber salido de la clínica, fui a saludar a los soldados que nos recibieron, después fui a Buga a agradecerle al Señor de los Milagros, de ahí a Cartago a saludar a los padres de Martha (Arango, su esposa) y luego a Pereira, al batallón San Mateo, donde estaba 'Isaza'.
Allá estaban la mamá y el papá de él. Cuando ella me vio se puso a llorar. Yo no la recordaba, ella es de una vereda Costa Rica, del corregimiento San Lorenzo de Riosucio. Cuando estaba en el ejercicio de la política, yo gestioné la electrificación y mejoramiento de vivienda allá y ella fue beneficiaria de eso. Con el Municipio ella tenía un contrato, que era la que le preparaba los alimentos a los niños.
'Isaza' era un mando, de línea dura, militar, por eso tenía celular, y aprovechaba el paso por las cumbres de las montañas para llamar y a veces hablaba con la mamá. Entonces ella le decía a 'Isaza': 'oiga mijo, se acuerda de don Luis Cano, cuide a don Luis Cano, no lo abandone, protéjalo'. Él en ese momento le decía: 'yo no me veo con él, es muy difícil', pues era verdad, porque entonces el guerrillero estaba en otra comisión. Eso fue dos años antes, que fue la última vez que habló con la mamá
Por eso sé yo que él ya tenía eso en mente, lo de la fuga conmigo, que se concretó en los tres últimos meses, que fue cuando él llegó al grupo que me tenía".