Según otro cristal
Tercer domingo ordinario
"Pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés que eran pescadores y les dijo: Venid conmigo. Y ellos dejando las redes, lo siguieron". San Marcos cap., 1.
Creer en un sino inmutable, en un destino, fabricado quizás por las estrellas que se impone a cada mortal, trae sus problemas. De un lado, ¿dónde queda la libertad humana, la cual a pesar de sus muchos condicionamientos, nos distingue de los animales? Y además ¿cómo entender la voluntad de un Dios que quiere siempre el bien de sus hijos?
En consecuencia, los cristianos hablamos más bien de vocación. De un llamado, como tantos que la Biblia nos cuenta. Los cuales se repiten en nuestra historia personal, si bien desde otras circunstancias.
Los evangelistas guardaron en sus textos el llamamiento del Señor a sus primeros discípulos. Un día Jesús invitó a Pedro y a su hermano Andrés. Luego a Santiago y Juan, todos ellos obreros del Tiberíades. Les prometió que conservarían su habilidad para la pesca, pero mudando el objetivo: En adelante recogerían a muchos hombres y mujeres para el Reino de Dios.
En la mayoría de los llamados que conocemos dentro de un contexto cristiano, se da una inclinación, un deseo. Sin embargo el libro de Jonás nos presenta un maravilloso personaje, un profeta muy a su pesar. Un relato que pudiera entenderse como una breve novela ejemplar. Jonás se resiste al encargo del Señor que le envía a Nínive. Pero al final se siente vencido por ese Dios amable, que perdona generosamente a los ninivitas.
En uno de su poemas, nos dice el padre Ramón Cué que el Señor acostumbra guiar y acariciar a sus hijos con la mano derecha. Pero en ocasiones emplea la izquierda. Y no debe ser muy suave ese golpe, que nos hace comprender sus proyectos.
Más adelante san Marcos nos indica qué pretendió el Maestro al escoger a los Doce: "Llamó Jesús a los que quiso, para que estuvieran más cerca de él y para enviarlos a predicar".
De entrada, Jesús toma la iniciativa cuando nos llama a algún servicio. Y esta vocación tiene como objetivo mantenernos más cerca de Él y servirle como sus mensajeros. En cierta novela, un personaje le replicaba a un sacerdote egoísta: "Nadie se ordena para ser capellán de sí mismo".
Los discípulos de Cristo hablamos entonces de carismas, de ministerios, de estados. Miramos esa ubicación que cada uno tiene sobre el ajedrez de la historia: Padre de familia, líder social, dirigente, profesional, comunicador, político, obrero o artesano etc., pero según otro cristal, el de la fe. No solamente como un servicio cívico, o un escenario al cual nos condujo la corriente de la vida.
El sepulturero de aquel pueblo olvidado así lo comprendió. Mantenía impecable y colmado de flores su cementerio. Se sentía colaborador cercano del párroco en el servicio a los difuntos y orgulloso todos los días de su oficio. Se definía a sí mismo como "un ángel vestido de civil. A uno le toca llevar a todos estos amigos hasta la puerta del cielo".