Histórico

Ser cizaña o parecerlo

16 de julio de 2011

Décimo séptimo domingo ordinario

"Jesús propuso esta parábola a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró una buena semilla en su campo, pero un enemigo sembró cizaña en medio del trigo". San Mateo, cap. 13.

La sabiduría es gris, afirma algún autor. De lo contrario no podría conocer todo el mal, ni reflejar a su vez toda la bondad que encontramos en el mundo. Esta sabiduría humilde y objetiva nos impide anatematizar al hombre, desconfiando sistemáticamente de sus capacidades. Nos prohíbe también canonizarlo, porque sabemos de su fragilidad y su inconciencia.

La parábola de la cizaña es una invitación al realismo y una exhortación a la penitencia. Parece que mientras dormía el dueño de la era, el enemigo sembró mala hierba en su campo. Pero antes de la siega es arriesgado dictaminar cuál es el trigo y cuál es la cizaña y es peligroso arrancarla sin dañar la cosecha. Con frecuencia llamamos cizaña a quienes no tuvieron en su hogar la misma formación cristiana que nosotros.

A quienes no están al mismo nivel de nuestra espiritualidad elegante y aséptica. A quienes buscan, con sinceridad no exenta de errores y pecados. Al que no habla nuestro mismo idioma, porque apenas balbucea una forma elemental de cristianismo.

A quien critica nuestros defectos y señala sin prevenciones las fallas de nuestra Iglesia. A aquel en cuya familia existen problemas que nosotros aparentemente no sufrimos. A quien no luce nuestro estilo de fe, ignora nuestro color preferido y desdeña nuestra moda ideológica.

Hemos catalogado injustamente como cizaña a muchos hermanos nuestros, para declararnos a la ligera, trigo inmaculado. Al obrar así, nos hemos vuelto sordos al anuncio de salvación que ellos podrían hacernos.

"No hay ningún inconveniente, dice J. Cabodevilla, en que aún fuera de la Iglesia, más allá de sus fronteras, también en la región de los infieles, en la calle, en los laboratorios y en la efusiva y airada literatura del pueblo, pueden darse fragmentos de divina revelación, la profecía exterior a la cual los pastores debemos prestar oídos".

Quién sabe cómo serían de extraños un campo sin cizaña, un mundo sin posibilidad de mal, un hombre sin experiencias de pecado, una Iglesia en la cual estuviéramos irremediablemente obligados a salvarnos.

Entre las muchas variedades de trigo, existe una adaptable a todos los climas de la tierra, con capacidad de convivir y fructificar junto a la cizaña.

(Publicado el 19 de julio de 1981).