SETENTA AÑOS DOMESTICANDO
Hace siete décadas llegó desde Francia un niño que con la más sencilla sabiduría nos ha mostrado cómo ser mejores personas, viviendo de las cosas esenciales y desapegándonos de muchas cargas inútiles que vamos acumulando los mayores y que hacen pesado nuestro caminar.
Un piloto en el desierto del Sahara encuentra a un pequeño hombrecito que le pide insistentemente que le dibuje un cordero.
El hombre pudo haber ignorado a este niño, pensar que se trataba de un capricho, pero entendió que El Principito tenía algo qué enseñarle: "Cuando el misterio es demasiado impresionante, no es posible desobedecer", dice el piloto al inicio de esta célebre obra.
"A los adultos les gustan los números", reflexiona este hombrecito en el capítulo cuarto.
"Cuando uno les habla de un nuevo amigo, nunca preguntan sobre lo esencial.
Nunca te dicen: -¿Cómo es el sonido de su voz ? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas?-
Te preguntan: -¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?- Solo entonces creen conocerlo".
El Principito, ese pequeño personaje creado por el escritor y piloto francés Saint-Exupéry, salió de su planeta B 612, donde vivía cuidando a su rosa, deshollinando los volcanes en actividad e inactivos -porque uno nunca sabe- y matando los brotes de baobabs, para visitar diferentes personajes: un rey, un vanidoso, un borracho, un comerciante, un farolero y un geógrafo.
Cada uno encerrado en el mundo de sus quehaceres y pidiendo que no les molesten, lo que causó en El Principito extrañeza y algo de rechazo al mundo de los adultos.
Al llegar a la Tierra este pequeño niño conoció a un zorro, con quien sostuvo un diálogo que nos deja grandes lecciones sobre el valor de la amistad.
Usa como metáfora la palabra "domesticar" para describir el proceso en el que una persona extraña se convierte en un amigo.
"Crear lazos", dice el zorro. Lograr que este ser deje de ser uno entre cien mil para convertirse en alguien único.
Saint-Exupéry, a través del diálogo entre el zorro y El Principito, logra ir a los anhelos profundos que el ser humano tiene de verdaderas amistades, de compartir su mundo interior, de hacer que la vida deje de ser monótona, como era la del zorro antes de conocer a El Principito, quien solamente se preocupaba de huir de los cazadores.
"Los campos de trigo nada me recuerdan. ¡Es triste… Pero tú tienes cabellos de color oro. Cuando me hayas por fin domesticado, el trigo dorado me recordará a ti. Y amaré el sonido del viento en el trigo...", le dice el zorro.
Las siete décadas de El Principito pueden ser una oportunidad para desempolvar esta obra y dejarnos "domesticar" con la sabiduría de las cosas sencillas para aprender constantemente una de sus principales lecciones que se resume en esta sencilla enseñanza que le deja el zorro a El Principito:
"Lo esencial es invisible a los ojos".