Histórico

Si sólo enseñamos a recibir no aprenden a dar

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31 de octubre de 2011

Como la vida es finita, es decir, se acaba y no hay segunda vuelta, debemos cerciorarnos de estar sembrando lo que queremos cosechar. Por eso la pregunta que los padres debemos hacernos a diario es... ¿qué estamos cultivando en nuestro hogar? ¿Les estamos dando a los hijos una buena educación, pero también una buena formación? ¿Les estamos enseñando buenos modales, pero ante todo buenos principios? ¿Les estamos respetando sus derechos, pero además asegurándonos que conozcan y cumplan con sus deberes?

Hoy, a menudo pecamos por darles a los hijos mucho de lo que quieren pero poco de lo que necesitan. Llenamos sus cuartos de cosas y aparatos... y por eso nadie quiere reunirse a conversar, soñar, reír ni a compartir en familia.

Hoy es cierto que muchas casas parecen hoteles, donde cada uno tiene su habitación y sus cosas, donde todos entran, reniegan, piden... y se encierra en "su espacio". Como cada cual está en lo suyo nadie está para el otro, ni sabe lo que le pasa, lo que siente o lo que le falta al otro. Todos reclaman sus "derechos": que me den, que me sirvan y me dejen en paz... pero desconocen sus deberes. Por eso, entre otras, cada vez hay más niños solos y deprimidos, más hogares desintegrados y más problemas sociales.

Lo triste es que en una sociedad en la que todo el mundo pide, y pide, y pide... siempre habrá escasez y, por ende, inconformidad y malestar. A mi juicio esta es una de las razones por las que ahora en varios países los estudiantes reclaman sus "derechos" vociferando, atropellando, invadiendo y destruyendo el espacio público... porque aprendieron en sus casas a recibir pero no a dar. Creo que estos jóvenes son las primeras cosechas de niños que crecieron en familias donde han tenido muchos privilegios y pocos deberes.

Y tampoco suficiente presencia del papá y la mamá porque ambos trabajan para darles todo... pero no tienen el tiempo para exigirles nada.

Como el hogar es el huerto donde se siembra la vida, se cultiva el corazón y se cosecha la unión familiar, es allí donde el afecto y la solidaridad se tienen que alimentar si queremos que las nuevas generaciones se dediquen a contribuir y no sólo a reclamar lo que no se merecen.