SIN ENTUSIASMO
Claro que el voto en blanco es el preferido hoy por el elector colombiano. No es necesario que lo confirme la encuesta Gallup. Se siente y se ve en el ambiente de desencanto y despolitización que se expresa hoy en el mercado electoral.
El voto en blanco, que crece cada día más, es el fruto del desánimo y la consecuencia de las inconsecuencias de la acción política. Es la sanción del votante a la falta de compromisos y de responsabilidades de los partidos y sus representantes. Es la carencia de líderes que atraigan electores definidos y entusiastas. El voto en blanco es la desesperanza colectiva frente al Congreso. Esta es una institución desprestigiada y cada vez más mal calificada. Y el Congreso es la suma de los partidos. De los que andan sin brújula y sin consistencia.
Los partidos políticos no despiertan interés, ni seguridad, ni confiabilidad en los potenciales y reales sufragantes. Cada día pierden más terreno ante la masa creciente de abstencionistas. Se desdibujan en lo ideológico con la degradación de sus tesis. En lo electoral, con la trashumancia de sus simpatizantes. En lo emocional y ético, por el cúmulo de actos de corrupción. Poco convencen. Mucho desencantan. No es sino mirar al desvencijado Partido Conservador para echarse al dolor azul.
Conquistar al ciudadano remiso y escéptico para seducirlo con determinadas propuestas no es fácil. Se va perdiendo aceleradamente la credibilidad en las promesas electorales. Hacer un inventario de las frustraciones de lo que se ofreció en las campañas presidenciales, con lo que se cumplió, deja un saldo tan negativo, que es el que incide en el alejamiento del elector de las urnas.
A medida que pasan cuatrienios presidenciales y aparecen en escena nuevos y repetitivos candidatos, el descorazonamiento del votante se agudiza. Brotan las decepciones. Se vuelven crónicos el escepticismo y la desconfianza por tantas falacias.
Los candidatos presidenciales, por lo menos hasta hoy, no despiertan mayor entusiasmo. El mismo que aspira a la reelección tiene un balance deficitario, arrojado por los que votarían por ella y los muchos que la rechazan. El patrimonio político de reconocimiento a su gestión es pobre. Pero los demás aspirantes no abren perspectivas halagadoras como alternativas reales de poder.
Por ello en medio de estas turbulencias de desencantos, la tendencia del voto en blanco es alta. Lo dicen las encuestas. La agudiza la decadencia de los partidos tradicionales, y la cicatera acogida de los nuevos partidos que poco seducen a los nuevos ciudadanos. Con partidos sin ganas, sin consistencia ideológica, anarquizados, buscando alianzas por conveniencias para sobrevivir burocráticamente, empalagados de mermelada clientelista, disminuir los porcentajes del voto en blanco es una obra difícil de alcanzar si no se hacen rectificaciones de fondo.
Sin pertenecer a la escuela fatalista, vemos que como están las cosas hasta ahora, seguiremos condenados a otros cuatro años con las mismas fórmulas… A otro período de luchas enconadas con políticos sumergidos en el anacronismo conceptual.
Si el voto en blanco hoy es alto, sólo podría disminuirse en la medida en que los candidatos –con fuerza y seso– puedan atraer, de ahora en adelante, a aquellos indecisos, que aun hoy los ven, descoloridos y lejanos.