Sobre la indolencia y la apatía
La sociedad colombiana lleva más de cuatro años siendo espectadora de testimonios sobre la perpetración de atrocidades y aquí no pasa nada. Decenas de paramilitares declaran diariamente ante la Fiscalía que mataron, que no fueron investigados, que volvieron a matar con crueldad, que gozaron del amparo de las autoridades, que se sentían justificados y aquí no pasa nada.
Por diciembre de 2006 los medios de comunicación registraron las primeras versiones libres de estos asesinos oscuros. Sus relatos, llenos de intriga y de justificaciones, develaban el misterio alrededor de la muerte y el público cautivo se sorprendía con cierto morbo. Los inverosímiles relatos de motosierras, hornos crematorios y partidos de fútbol con cabezas humanas eran narrados con frescura por los perpetradores. Esas versiones fueron recogidas en primera plana; parece que, en ese entonces (y como hasta 2008), fueron noticia. Hoy, por alguna razón, ya no lo son. ¿Será costumbre o desgaste? ¿Será que ya no le importa a la sociedad? ¿Será que estos relatos se tornaron aburridos y buscamos, con vicio, la ultraviolencia de la Naranja mecánica?
Las pocas decisiones judiciales de control de los cargos presentados contra algunos de los paramilitares son severas al resaltar la participación de funcionarios públicos en este aparato criminal. ¡Y aquí no pasa nada! Las decisiones ponen de manifiesto un esquema de colaboración entre las elites políticas, la fuerza pública y los paramilitares en regiones como Norte de Santander y Montes de María. Inclusive, en la más reciente decisión, se dice que la fuerza pública prestaba a los escuadrones de la muerte el armamento una vez a la semana para que pudieran cumplir su cometido. Sobre esto no se discute. Nadie dice nada. ¿Será que no es importante?
La sociedad parece estar cansada de escuchar tanta barbaridad y se ha tornado insensible. Lo triste es que el cansancio se manifiesta sin que se haya evidenciado acción social. No vamos ni por la mitad del camino del proceso de Justicia y Paz, ni se conoce todo lo que han contado los paramilitares confesos, y la saturación social frente a la atrocidad es evidente.
Esta apatía es muy preocupante en una sociedad que sigue expuesta a la violencia a gran escala. La indolencia se instala como un mecanismo de defensa y perpetúa el sistema de atrocidad.
La mayoría de las personas justifica su no involucramiento mediante un esquema muy sencillo: "a mí no me hicieron nada". De ahí, rápidamente, llegan a la conclusión de que por algo habrán matado a los otros y, por tanto, es mejor no involucrarse. Además, gran parte de la población espectadora, sometida a condiciones económicas precarias, está más preocupada por sobrevivir que por hacer historia.
La desconexión o dislocación social con las víctimas también encuentra raíces en un ejercicio de negación espacial, de corte físico como simbólico. Gran parte de la violencia ocurrió y ocurre en lugares lejanos a los cuales la población pasiva habita y frecuenta; y, por lo tanto, se percibe remota la posibilidad de ser víctima de la violencia. Por otro lado, la distancia se puede expandir simbólicamente, diferenciando a las víctimas por vía de construcciones sociales. Por ejemplo, entre más bajo sea el estrato social de la víctima o entre más distinta sea a lo "normal", es más fácil ignorar su sufrimiento y banalizar su condición humana.
La apatía de la mayoría frente al sufrimiento de los otros termina convirtiéndose en una manifestación colectiva que produce y reproduce dinámicas sociales que justifican y perpetúan la violencia. La mayoría de los miembros de la sociedad no son ni víctimas ni perpetradores; son espectadores pasivos de la atrocidad. Su inacción se torna en un peligroso elemento de la elaboración social de la violencia -al no encarar la atrocidad ni los valores que la justifican y la amparan, se transmite un mensaje colectivo que interioriza y refuerza el ejercicio de violencia.
No es mi argumento que los colombianos sean particularmente violentos (es decir, que sean violentos por naturaleza o más violentos que otras personas de otras nacionalidades). El centro de mi preocupación es que la sociedad colombiana interiorizó la violencia y que, peligrosamente, sobrepasó los límites de lo que se considera aceptable y justificable. Ante confesiones que revelan la perpetración impune de crímenes atroces, opta por no hacer nada.
Al margen de que sean más cómodas la indolencia y la apatía, parece conveniente reflexionar por qué no está reaccionando la sociedad colombiana frente a la confesión de tanta barbaridad.
* Director del Centro Internacional para la Justicia Transicional en Colombia