Histórico

SOBRE LOS SÍNDROMES DE ABSTINENCIA

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08 de noviembre de 2013

Estación Satisfacción, nombre bastante raro en el mundo que habitamos, en el que se busca más el ansia delirante que los deseos cumplidos. O como decía Jacques Lacan, sociedad esta de deseos seccionados, que salta como las ranas por encima de las flores de loto del estanque sin llegar a la orilla. O llegando para devolverse de inmediato, pues el lado al que llegaron no le propicia la secreción de adrenalina que requiere para sentir que está viva, como si la vida fuera espacio para faquires, domadores y maromeros dentro de un circo que se está incendiando y cuya pista se hunde. Algo debe estar pasando para que se huya de la calma, para que el silencio sea un infierno, la quietud un estar preso y el detenerse a tiempo una pérdida con consecuencias peligrosas. Y otra cosa, para que el reposo se tome como un espacio en el que se deja de ganar, porque nos hemos contagiado de la locura de los virus de computadora (los troyanos) que solo se detienen cuando se han comido el disco duro.

El síndrome de abstinencia, concepto clínico creado para nombrar el ansia de consumir estimulantes o depresores (que una vez consumidos y pasado el efecto, generan más deseos), ya no solo es síntoma que toca a drogadictos o alcohólicos sino a la gente que no para de negociar, que busca honores, que se enrolla en las finanzas, que necesita reconocimiento como sea y que aparenta belleza, inteligencia (lo que sea) para hacerse un lugar en ese espacio de rejoneo que es la economía de consumo y el mundo de las ilusiones, en el que las cosas duran nada, sea por la llegada del último modelo o por tener que ceder el turno para que otro se haga la foto. Y en este síndrome, en el que las cosas son el fin y no el medio, la acromegalia (crecimiento desmesurado y desordenado) es el índice a cumplir.

Es claro que nunca hemos sido tan pobres como ahora. Si no lo fuéramos, buscar solo dinero no sería la meta. Pero es lo que se ve y, en esta carrera detrás de los números y las finanzas, de la desmesura y el descontrol, sacrificamos conocimiento y razón, espacios (los que más tienen viven en la peor parte) y aire, sensualidad y belleza, creencias y buenas costumbres. Pero la meta está ahí, se ve (como en el asunto del burro y la zanahoria) y los que casi la tocan o la tocan, la minimizan para hacerse otra, que importa que en la carrera hayan ganado la pérdida de la familia, de la digestión, del discernimiento lógico y váyase a saber si ganado un mal de párkinson o un alzhéimer, que pareciera que en la codicia y la avaricia la memoria es lo que más se pierde.

Acotación: decía Hobbes que, debido a que los deseos se repiten, acumulamos para tener con que satisfacerlos. Y esta prevención no está mal. Pero ya cuando los deseos crean un síndrome de abstinencia cada vez mayor impidiendo una satisfacción plena, lo que llega es la destrucción, que es lo que nos está pasando. Ya caen edificios y gente, por ejemplo.