Sombras sobre "el pacificador"
El militar que en el pasado fue condecorado, ahora enfrenta la detención ordenada por la Fiscalía. Hoy el general retirado Rito Alejo Del Río, con más de 30 años de servicio en el Ejército, pasa la noche en uno de los calabozos del batallón de Policía Militar.
A las dos de la tarde del jueves pasado en el Club Militar, ubicado en el centro-occidente de la capital, las sombras del pasado tocaron de nuevo a Del Río, a quien sus acciones militares le generaron el mote de "el pacificador de Urabá".
Un grupo de agentes del CTI de la Fiscalía lo sorprendió en horas de la tarde para notificarlo de la orden de captura proferida en su contra por un fiscal de derechos humanos. Lo reclamó para que explique, en indagatoria, los hechos relacionados con la operación Génesis, adelantada entre el 24 y el 27 febrero de 1997 y que estuvo bajo mando del militar.
Esta fue una situación similar a la que vivió siete años atrás, cuando funcionarios de la misma institución lo capturaron para que respondiera por la conformación de grupos armados ilegales. La investigación precluyó en 2004.
Sin embargo, ahora es la memoria de un campesino la que reclama justicia. Se trata de Marino López Mena, un líder social de 35 años de edad, a quien un grupo de las autodefensas apoyado presuntamente por miembros de la fuerza pública, adscritos a la Brigada XVII, comandada por Rito Alejo Del Río, tildaron de auxiliador de la guerrilla.
Durante dos días, hace once años, Marino debió padecer los maltratos que a su antojo le propinaron los paramilitares que llegaron hasta el caserío de Bijao-Cacarica (Chocó) en donde lo golpearon, desmembraron su cuerpo y su cabeza fue usada como un balón que terminó en el río Cacarica.
El caso López Mena es hoy la razón que tiene a Del Río recluido en los calabozos del batallón de Policía Militar No. 13, señalado del homicidio en persona protegida y por el que podría ir a prisión por entre 30 a 40 años. Este mismo sumario reposa en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Influencia paramilitar
A pesar de la fuerte presencia tanto guerrillera como paramilitar en la zona bananera, a donde Del Río llegó en diciembre de 1995 como comandante de la XVII Brigada del Ejército en Carepa, su mirada sólo se posó sobre la guerrilla.
Los resultados positivos en la lucha contra los actores armados ilegales motivaron varias condecoraciones. Estos logros, claramente destacados por el Ejército, no lo blindaron de los rumores que lo relacionaban con los paramilitares.
En abril de 1999, durante el gobierno del presidente Andrés Pastrana, fue llamado a calificar servicios. Dos años atrás, el 16 diciembre de 1997, había sido trasladado de Antioquia a Cundinamarca, por señalamientos similares.
Como Comandante de la Brigada 13 en Cundinamarca, controló la arremetida que planeó las Farc para bloquear a Bogotá y detuvo el crecimiento de las milicias guerrilleras en la zona de Ciudad Bolívar.
Un antecedente en este sentido lo dio el coronel (r) Carlos Alfonso Velásquez, segundo al mando de Del Río, para la época en que éste estuvo en Urabá y a quien una denuncia contra el general (r) motivó su salida de las filas, el 23 de diciembre de 1996. Según Velásquez, la Brigada XVII combatía solo a la guerrilla y era indiferente con los paramilitares.
El coronel Velásquez, no afirma que Del Río haya estado en masacres o torturas, pero para él sí es claro que las omisiones en las que incurrió permitieron que "la espiral del violencia y muerte en Urabá creciera desproporcionadamente".
A pesar de estas críticas los ganaderos, comerciantes e industriales de la zona, por muchos años azotados por la guerrilla, fueron quienes calificaron al militar como "el pacificador", pues pudieron volver a sus fincas después de años de destierro por amenazas de las Farc.
No en vano se habla de que durante la permanencia de Del Río en la Brigada XVII, las Farc vieron como su imperio decaía en una de las zonas más estratégicas y ricas de Colombia.
El bloque José María Córdoba, por años dueño de vidas y zonas en la región, debió salir de casi una decena de pueblos bananeros para refugiarse en otras zonas de Antioquia y Chocó.
Saúl Franco, un labriego de la región que llegó a comienzos del 2001 a Bogotá, no por la violencia, sino por la crisis económica, recordó la realidad del Urabá que encontró Del Río a su llegada a la Brigada XVII. "Las fincas estaban casi abandonadas, sin ganado, los patrones no se podían ni arrimar porque los secuestraban. Eso cambió con el general".
Pero esa batalla ganada a la subversión no bastó para librarse de los fantasmas del paramilitarismo que lo persiguen hoy.